La revolución de las cuatro estaciones.

Cristina Pérez

En Melilla, hace unas horas, las temperaturas han subido QUINCE grados en un salvaje golpe de calor. Así. Sin previo aviso. En el Pirineo hace unos días, las temperaturas de un día a otro podían llegar a oscilar en diez grados a la baja, pillando al personal durmiendo con la ventana abierta y sin sábana. El verano acaba de regresar este fin de semana de un corto veraneo. Emigró por unos días después de un activo mes de junio y nos dejó huérfanos de piscinas y ríos. Curiosamente a la montaña volvió el día 21 de julio, un mes después de su llegada oficial, como queriendo marcar una pauta de lo que está por venir: eso del cambio climático. Y no es mera anécdota.

En estas montañas demasiadas cosas dependen de una mirada al cielo y de las consecuencias del tiempo. Más del ochenta por ciento de la vida en este valle depende del sector servicios. Nieve y sol. Las estaciones de esquí y toda la maquinaria que arrastran y el mundo de la hostelería y esa cadena económica que genera. Después está en un porcentaje mínimo la agricultura, mirando al cielo y calculando este año una cosecha desastrosa por culpa del exceso. El exceso de lluvias y el exceso de sol. Y luego la industria. ¿industria?.

Industria mínima. Industria casi inexistente que convierte a nuestros valles en zonas paradisíacas para el visitante y preocupante para los habitantes. Porque la industria apenas mira al cielo. Y si los cambios climáticos, si la revolución de las cuatro estaciones sigue adelante, el hombre deberá también cambiar sus prioridades. Y pensar que este Pirineo, debe de dejar el monocultivo y echar mano de otra pata que afiance en el suelo el futuro de los montañeses. Cada vez menos claro porque sigue habiendo muchos que se empeñan en ir aserrando la base en la que se sostiene este mundo pirenaico.

El montañés que se empeña-¡fíjese que tozudez¡- en seguir viviendo en su casa , sabe que tiene que haber algo más. Y si el cambio climático nos desbarajusta el invento del turismo, irá siendo hora- que ya es hora- de empezar a hacer bocetos serios que dibujen un futuro más concreto.

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