Telarañas en los bolsillos

Nuria Garcés

Pasadas las fiestas, llega el momento del análisis. Para lo bueno y para lo malo. Una vez ya bien descansada, una se propone hablar algo de lo vivido en estos días. Ha sido notable, pese a los esfuerzos de los responsables municipales por encontrarle excusas, el descenso de gente por las calles de Huesca. Ya sea en los chiringuitos de la calle del Parque, en las ferias, en los veladores, en las verbenas o en los restaurantes. Se buscan respuestas. Y alguna, aunque duela, debería llevarnos a pensar que San Lorenzo, más que caro es carísimo. Es por eso, tal vez, por lo que quien tiene la suerte de tener vacaciones en esos días, decide abandonar Huesca ?por patas?.

¿Es razonable pagar por un vermú 20 euros? ¿Es razonable pagar 5 euros por un chupito? ¿Tiene sentido dejarse 6 euros en tres míseros viajes de un niño en las ferias, que en media hora ya ha terminado?

Iré más allá. Uno, en San Lorenzo, charla mucho, con amigos, con conocidos... Todo se sabe. Recordaré, por ejemplo, a ese funcionario que, me contaron, cada mañana almuerza en un bar, siempre el mismo, un cortado y su bocadillito de tortilla: 1,5 euros. El día 9 de agosto, por la mañana, al ir a pagar su habitual almuerzo, le cobraron 3 euros. Preguntó el porqué de semejante subida, y la respuesta fue clara: Estamos en San Lorenzo. Viva.

O aquel a quien, por su consumición habitual siempre le cobraban 1,25 euros, y llegados los días festivos, ha de pagar 2,50 euros. O sea, en ambos casos, justo el doble. Y lo que sería más grave: en el peor de los casos, estos nuevos precios, como si lo viera, se consolidarán.

Nunca me había encontrado con tantos amigos que cenaran en sus casas en San Lorenzo, para salir un ratito después de paseo, que no de café. O gente que se bajara las latas de cerveza de la nevera de casa, para tomárselas entre amigos en la plaza de debajo, como en el mejor de los veladores.

Y, ya por fin, para no cansarles, les contaré la última. Una noche de San Lorenzo, un grupo de amigos se dirige a las 9 y media de la noche a un restaurante. Les dicen, que vuelvan a las 11, que les guardarán mesa. Hasta allí todo bien. El problema es que, una vez asentados en su mesa, y hecha la comanda, el primer plato de la cena no llega hasta la ¡1 menos veinte de la madrugada!. Y claro, como estamos en fiestas, todo es soportable, y tragable. Los humanos somos tan tontos, que somos capaces de dejar que se rían en nuestras mismas narices, sin protestar. Y es que, cuando llegó la cena, estaban todos tan desfallecidos, que ni fuerzas tenían ya...

Yo, personalmente, no volvería allí donde a precio de oro, se mofan del público. Pero da igual, otros caerán. Total, son fiestas. Luego se quejarán de que el sector va mal. Entre los precios de unos y el mal servicio de otros, no se están haciendo a sí mismos ningún favor. Allá ellos.

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