Alex Woutersen Uriarte y Eduardo Martínez Carnicer ganadores del V Concurso de Cibernarración

Durante la celebración de la Feria del Libro de Huesca, se puso en marcha el V Concurso de Cibernarración. En esta edición, en la modalidad juvenil ha ganado Alex Woutersen Uriarte, con su relato ?El roble? y ha quedado finalista Tomás Generelo Abaurre, con su relato ?Sonu: un niño con suerte?. En la categoría adultos el 1º premio ha sido para Eduardo Martínez Carnicer y su narración ?Corría y corría?, la finalista ha sido Teresa Torres Villa con el relato ?Herederos?.

RELATOS GANADORES

?El roble?

Alex Woutersen Uriarte

En un bosque del Pirineo, había un árbol, un roble grueso y viejo. Llevaba allí mucho tiempo, cientos de años. Pájaros y ardillas se subían a sus ramas, e incluso niños que pasaban por allí de excursión jugaban alrededor de él.

Pero la avaricia por el dinero llevó a algunas personas a cortar el bosque. Poco a poco los árboles de alrededor del roble perecían, les sacaban hasta las raíces. Después de unos días sólo quedaba el roble, había llegado su hora. Los hombres con sierras se dirigían hacia él, si cortaban el roble todos los nidos de pájaros también serían destruidos. Cuando los hombres estaban a punto de talar al roble todos los pájaros que vivían allí se abalanzaron a picotazos sobre los hombres, que salieron corriendo hacia sus coches. Entonces llegaron las máquinas escavadoras, estaban a punto de llevarse el roble y los pájaros no podían hacer nada para impedirlo. Pero el roble era tan grueso que era imposible cortarlo y los hombres se rindieron. Desde entonces nadie ha vuelto a cortar un solo árbol de esa zona, y el bosque volvió a crecer.

?Sonu: un niño con suerte?

Tomás Generelo Abaurre.

De repente sonó el timbre. Los niños recogieron sus libros y salieron al patio. Sonu pidió ser portero. Se colocó bajo el roñoso larguero y comenzó a calentar.

Budapest, India... Esta historia se desarrolla en un colegio mediocre, que no superó los controles de seguridad, pero nadie quería perder su poco dinero, así que se comenzó a utilizar.

Sonu se preparó para un lanzamiento de su amigo Ndugu, que tiró y dio en el poste. Éste tembló amenazadoramente. No falló el remate. Tras el saque del equipo de Sonu, Ndugu se la quitó a Adale, hizo un rápido avance y tiró: su balón rebotó en el larguero. Sonu sólo sintió un golpe seco en la cabeza y después todo se volvió oscuro. La portería se había roto y le había caído encima. Aunque Sonu no veía, sentía como si cayera por un pozo. Pero el pozo tenía en el fondo una luz. Sonu no podía llegar, había comenzado a retroceder.

-Tres, dos uno, ¡reanimación! -dijo un hombre.

Sonu se despertó, notó un vendaje en la cabeza y vio que estaba en un hospital. Su madre estaba allí y lloraba. La gente tardó un poco en tranquilizarse, pero dejaron a Sonu a solas con su madre, que aún lloraba, pero con una sonrisa en los labios.

-Bueno -dijo su madre- , Sonu significa ?niño con suerte? ¿no? Su hijo le devolvió la sonrisa.

Historias como ésta ocurren en países pobres del mundo, colegios mal construidos pueden costar caro a cualquier niño o niña. Si cada uno de nosotros ponemos un poco de ayuda y esperanza, la seguridad puede llegar a todos.

?Corría y corría...?

Eduardo Martínez Carnicer.

Mi viaje es interior, no puede ser de otra forma. Diviso por la ventana el deambular de las gentes por la artería de sus deseos; dubitativo y amorfo, naufrago encerrado en un mísero metro cuadrado, como un carcelero en su prisión. La luz es tenue, el ambiente asfixiante y mi respiración entrecortada. El sucio cristal me trasmite destellos de realidad, pedazos inconexos de otras vidas; simples retazos de cotidianidad. Mi mente queda como un puzzle incompleto: las piezas que faltan las dejé en la carretera. El día se alarga y resulta soporífero, insoportable. Sólo veo tonos grises y pardos: pura mezquindad. Es desesperante. La náusea me habita. Veo sombras en la noche, heraldos agoreros.

Distante y lejano queda mi pasado cuando recorría veloz las calles. Me comía el mundo. El viento me era favorable. Límpidas y trasparentes sucedían las jornadas. Risas y gritos poblaban mi mundo. Me encontraba exultante. Exprimía el tiempo, deleitándome en su sensualidad, impregnada de perfumes afrodisíacos envueltos en tórridas sensaciones. Los kilómetros quedaban a mis espaldas. Y corría, y corría, cada vez más. Y más: ¡120, 130, 200!, más, más, y: ¡PUF! Se rompió todo.

Ya no funciona el reloj. Cuento los minutos desde mi silla de ruedas. La lluvia mancha los herméticos cristales de este hospital. Anochece, todo se apaga. Mañana fuera chispeará, pero yo ya no me mojaré más, porque el infierno es seco como el desierto, con oasis de dolor y palmeras de hastío repletas de aburrimiento.

?Herederos?

Teresa Torres Villa

El ruido es estrepitoso. La lucha enfebrecida por la rabia se estampa en los gritos de los suyos: ¡muerte a los herejes!, en los rezos de los otros: ¡por Alá!, arma los brazos que se miden en la batalla y conduce a Rodrigo a los ojos negros, que enmarcados en tela a modo de yelmo se le clavan, mientras le hinca la espada. ¡Ahmed!, le llama y no responde, tiene la mirada errada. Rodrigo queda sordo, cae a horcajadas, ¿qué has hecho?, se pregunta, mira sus manos y se cubre la cara. La mejilla humedecida evoca otras lágrimas derramadas, las de Ahmed cuando partió con su familia, llevando tan sólo lo que pudieron transportar a otras tierras, donde ser cristiano no fuese exigencia, pues desde el edicto de expulsión el pueblo susurraba y en las calles sólo andaban fantasmas; el miedo producía suspicacias y hasta en la fragua -donde su padre y el mío trabajaban- el fuego se extinguía. No entendían la criba pero respetaban la espada y la palabra; ellos ya no hablaban. Entretanto Ahmed y yo jugábamos en el río, no sin antes hacer una plegaria y nos reíamos. Compartíamos los platillos que nuestras madres preparaban. Al anochecer volvíamos a casa, a veces pasando por la herrería donde hubiésemos fraguado nuestra vida, de ir ésta a la vereda del río. Rodrigo levanta la cara y escucha, abre los ojos porque el silencio es otro, la lucha ha cesado; arrastrando los pies se va del campo de batalla, encaminándose al ocaso con los ojos de Ahmed, la mirada de Alá y la espada de Dios.

Comentarios