Balcones

Cristina Pérez

Asomarse a un balcón es todo un ejercicio de observación y de superación del vértigo. Y de algo más. Es como si quien se asoma, en general, se dedicara a poner luz y taquígrafos a la actualidad que pasa por la calle.

El balcón de Maria José es como un observatorio atrincherado en los geranios, en el tendedor y en el cubo de la fregona que tanto ocupa y que nunca encuentra un sitio digno para instalarse.

Y es que, Maria José, pasa muchas horas del día en ese pequeño espacio exterior que, ella, convierte en jardín, según el día, en salita de estar, en zona de trabajo o en espacio científico como observatorio.

Desde su balcón, Maria José, es capaz de deducir si , hoy, la ciudad está optimista. Si la noche ha sido ajetreada o si los comercios van a cerrar más contentos que ayer. Observa el ir y venir de los vecinos, las prisas de los que sortean los coches mal aparcados, los abuelos que se acercan a la sombra o al sol, según la hora y los crios que desde hace unos días han hecho suya la placita de abajo.

Maria José baja a la compra hace la comida, saca el toldo del balcón y mientras el frescor de las macetas va inundando la terraza, procede a sacar la cesta de los hilos, la banqueta y las tareas de coser. Cuado la tarde va muriendo, Maria José cambia el escenario, así que sube el toldo recoge la ropa y deja el escenario limpio, para que el fresco de la noche se instale mientras, ella, se asoma a controlar la noche en la calle.

Maria José es el vigía del barrio. Ella lo sabe todo. Aunque también sabe que, el hombre, se transforma de puertas para afuera. Desde su balcón ve el mundo como en un teatro. Los actores no saben que tienen espectadora y, mientras, Maria José, baja la persiana del balcón y se prepara para mañana. Porque mañana es viernes y la calle crecerá, seguro.

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