Canela fina

Cristina Pérez

Se ha muerto. O como decía un niño ?la han muerto?. Canelle ya no dejará su huella de plantígrado protegido en ningún bosque, de ningún monte de este Pirineo que compartimos. De repente, con la noticia de la muerte de la última osa de estas montañas, es como si el Pirineo se hubiera hecho más pequeño. Sin embargo para su cría, en estos momentos, el Pirineo debe de ser un mar de peligros donde cualquier sombra, cualquier rama que baile con el impulso del viento otoñal , supone una alerta desmedida.

El hijo de Canelle, un cachorro de apenas un año de edad, tiene que sentirse ahora mismo perdido, triste y desconcertado. Un cachorro de oso suele sobrevivir mal a la ausencia de su madre protectora. Una madre que, precisamente murió abatida por el plomo de los cazadores , protegiendo a su cría.

El hijo de Canelle es el símbolo de un desarrollo que no deja ni un tramo de bosque sin escudriñar, ni una cueva sin explorar, sin respetar ni tan siquiera el sueño invernal de quienes despiertan para alimentar a sus hijos.

El hijo de Canelle puede sobrevivir sin el amparo de su madre, condenado a vivir solo, sin más compañía , que la que se refleje en el espejo del lago donde aplacará su sed. Si es fuerte como para sobrevivir sin el mimo de su madre Canelle, tendrá que enfrentarse cada día a la soledad de un Pirineo que le dio cobijo mientras, por otro lado, le arrancó del abrazo maternal.

Al hijo de Canelle, todavía, no le había bautizado el hombre. Ahora, el cachorro sin nombre, vagará asustado por las montañas, las mismas que habitan las escopetas que, los fines de semana, rompen el murmullo del aire entre los pinos, los abetos, los chopos, el serbal....

Atención. Hay un cachorro perdido en las montañas. El espíritu de su madre no será suficiente para protegerlo de un invierno que comienza y que, él, el hijo de Canelle, puede no superar.

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