Cartas al director: Saludo del nuevo Obispo a sus diocesanos

Alfonso Milián Sorribas, Obispo auxiliar de Zaragoza y electo de Barbastro ? Monzón

Queridos diocesanos:

A todos cuantos formáis parte de la Iglesia que peregrina en la muy querida Diócesis de Barbastro-Monzón y habéis sido llamados a contruir el Reino de Dios en medio del mundo, en este Aragón de nuestros amores, os deseo la gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

Desde el día en que supe que el Papa me enviaba a vosotros como Obispo, además de sentir un fuerte y agradable estremecimiento por ser vuestro Pastor, no he cesado de rezar por vosotros. Dios es testigo de lo entrañablemente que os quiero a todos en Cristo Jesús. Siento una alegría y una responsabilidad parecida a la de los padres cuando conocen que van a tener un hijo. Vosotros sois mis hijos, mi gozo y mi corona; vosotros seréis, de ahora en adelante, la razón de mi vida; toda mi persona es ya para vosotros, os pertenece. No puedo ofreceros mucho porque soy pobre y débil. Me presento como San Pablo;; no con alardes de sabiduría, ni con persuasivos discursos, sino débil y con miedo, pero llevando en mis pobres manos el mejor tesoro que tenemos los cristianos; Jesucristo muerto y resucitado por amor a todos los hombres. Su vida, su mensaje y su persona, hoy como ayer, son locura y motivo de escándalo para muchos, pero por la misericordia de Dios nosotros hemos gustado en Él la salvación. Él es el tesoro que quiero compartir y ofrecer con vosotros a todos cuantos viven en esas hermosas tierras del Alto Aragón, del Somontano y de la Ribera del Cinca.

Saludo con especial afecto a los sacerdotes, ya que seréis mis principales e insustituibles colaboradores, Tengo el gozo de conocer a la mayor parte de vosotros desde hace años y sabéis cuánto os aprecio y valoro. Confío plenamente en vosotros. Quiero ser vuestro hermano, padre y amigo. Estaré siempre a vuestro servicio. Contad con mi apoyo para potenciar cuanto afecta a vuestras personas y a la tarea pastoral que tenéis encomendada. Con parecido afecto saludo a los seminaristas, mis futuros colaboradores en el ministerio pastoral.

Igualmente saludo a cuantos habéis consagrado vuestra vida al seguimiento del Señor en el claustro monástico, en la vida religiosa y en los institutos seculares. A todos vosotros, hermanos y hermanas, llamados a ser testigos de los valores del Reino de Dios escondidos en la vivencia radical de los consejos evangélicos, mi ofrecimiento y plena disponibilidad.

Y a vosotros, laicos cristianos que participáis activamente en mi vida y misión de la iglesia, que la hacéis presente en le corazón del mundo y estáis empeñados en la tarea de transformar la sociedad al estilo de Jesús, mi saludo cordial, agradecido y confiado. Permitidme, no obstante, que me ofrezca especialmente a los jóvenes y a los niños, a los matrimonios y a los ancianos, a los enfermos, los inmigrantes, los pobres y marginados.

Saludo con afecto y respecto a todas las autoridades locales, comarcales, provinciales y regionales. Valoro mucho y agradezco el trabajo que desarrolláis por el bien de los pueblos y ciudades de nuestra tierra, y os ofrezco mi leal y humilde colaboración.

Queridos hermanos y hermanas, mi alegría es grande por ir a una tierra en la que han sido tan numerosos los testigos de la fe. Vienen a mi memoria los nombres de San Ramón, San Poncio y San Victorián; el testimonio martirial del beato Florentino, de ?el Pele?, de los mártires claretianos y escolapios, y de tantos sacerdotes, religiosos y seglares que supieron morir perdonando. Me estimula la entrega generosa de hombres y mujeres de la talla de San Urbez, San José de Calasanz, Santa Teresa Jornet, San Josemaría Escrivá y tanto otros cuya vida iluminó estas tierras.

Pongo, por fin, mi ministerio en esta querida Diócesis bajo la protección de la Santísima Virgen, tan venerada por vosotros con multitud de advocaciones entre las que no puedo menos de recordar las del Pueyo y la Alegría. A ella me encomiendo; confío que me guiará y consolará como a los discípulos cuando estaban a punto de emprender la misión que Jesús les había encomendado.

Aceptad mi afecto y recibid mi primera bendición pastoral.

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