Nunca jamás otra vez

Cristina Pérez

Trae en la mirada todo el odio del mundo. Otra vez. Sus ojos destilan ese licor amargo de quien lleva tiempo acumulando dolor y más dolor.

Nunca jamás otra vez, se dice para sus adentros. Cuando, por la noche, acurrucada en la esquina de la cama de su hijo, dónde no llega la respiración de él, habla consigo misma. Nunca jamás otra vez. Y acaricia el pelo del niño y le llena de besos pequeños, esos besos que aún le quedan intactos y que sólo le regala al crío. Se da la vuelta y le duele la espalda, pero nada es comparable al dolor del alma. Nada. El no sabe, porque no puede llegar a su corazón, que ella cada noche inventa un mundo donde él no existe. Donde sólo ella y su hijo, habitan el universo de su casa. Con risas que no hay que esconder y rompiendo el silencio cuando le de la gana.

La vida debe de estar escondida, acurrucada como ella, en el sueño del niño. El no verá más la mano de su padre rompiendo el aire, ni la voz de su padre hiriendo la vida de su familia. El no. Porque , un día de estos, hoy mismo, coge la maleta y se va. A donde sea, al fin del mundo, donde no llegue esa sombra negra del dolor. No hay nada más doloroso que el amor manchado de negro.

Nunca jamás otra vez. Ya vale. Su vida no la comparte con la bestia, porque ha tenido que salir a la calle para darse cuenta de que, su vida, su vida es suya. Su hijo se merece una madre libre y feliz. Por eso nunca jamás otra vez.

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