Cartas al director: Ordesa

Angel Marco Barea, Ecologista

Una de las dos cabezas del bicéfalo Gobierno de Aragón, ha definido la figura de Parque Nacional como la soberanía que se reserva el Gobierno Central de Madrid. Intencionadamente no ha aludido, a que solo puede entrar en esta categoría de protección aquellos espacios que se ajustan a las directrices dictadas por la UICN, con el objetivo de conservar la integridad ecológica de un área, excluir los tipos de uso incompatibles con la preservación de sus valores naturales y promover actividades de uso público compatibles ecológicamente.

Esta en proceso de cambio la estrategia de proteger enclaves cerrados y aislados, imponiéndose conservar mosaicos paisajisticos heterogéneos, con núcleos de mayor protección, zonas periféricas tampón y conexiones en red. Ello supone admitir, en contra de la visión tradicional, que los espacios protegidos incluyan zonas seminaturales o fuertemente antropizadas. Una visión incorporada por la UNESCO a las llamadas Reserva de la Biosfera. El Gobierno de Aragón no debe entenderlo estos conceptos, pues el modelo de desarrollo por el que apuesta en las Montañas, ha sido la causa de que representantes de la UNESCO hayan solicitado no incorporar la cabecera del Rió Gallero a la Reserva de la Biosfera de Ordesa-Vignemale.

El Presidente, no escatimará elogios hacia la recuperación de un edificio histórico para la ciudad, en las palabras que diga durante la inauguración de la nueve sede de la D.G.A. en Teruel. No hará una autocrítica por no haber sido más ambiciosos para engendrar un edificio pionero del urbanismo bioclimatico, modelo para la iniciativa privada.

El Medio Ambiente sigue siendo la asignatura pendiente de esta Comunidad. Cuando Aragón se prepara para ser espejo del mundo con la exposición ZH2O en el 2008, peligra que se reflejen pautas de desarrollo no sostenible.

Algunos tememos, que el Parque Nacional de Ordesa incorporado al marketing ?Natural de Aragón?, concluya en la perdida de su condición de Patrimonio de la Humanidad, por la obsesión de un Gobierno, en desarrollar sin asumir a la par su responsabilidad en conservar la naturaleza.

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