Aguas revueltas

Luis Laiglesia

Algunos de nuestros pueblos disfrutan de un agua de boca de dudosa calidad. Sin ir más lejos esta semana hemos asistido atónitos a la denuncia de una asociación de vecinos de Sariñena, la cual venía a poner de manifiesto altas concentraciones de aluminio, amonio y nitritos en el suministro de la capital de Monegros.

Y estamos ante un hecho preocupante, porque no se puede decir, bajo ningún concepto, que no será porque en Sariñena no se haya invertido dinero público en su abastecimiento. Baste recordar que la potabilizadora del pueblo se puso en marcha hace 12 años con una inversión de más de 200 millones de pesetas. Además, los depósitos también constituyeron un gran esfuerzo para las arcas públicas.

Sin embargo, hasta que la situación no ha llegado al borde la movilización social aquí nadie ha movido un dedo para solucionar un problema del que todos hablaban en el pueblo, sin que nadie hiciera nada por solucionarlo.

El agua de Sariñena huele y sabe peor, y la falta de información por parte del Ayuntamiento no ha contribuido en nada a tranquilizar a los vecinos, muchos de los cuales se preguntan, aún hoy, si está garantizada la salubridad del agua de su pueblo.

Pocos son los que se arriesgan a beber agua del grifo y la mayoría prefieren agua embotellada, incluido el Director del Instituto Aragonés del Agua, el sariñenense, Alfredo Cajal.

Situación esta que se repite en poblaciones de menor entidad, en incluso de mayor, como es el caso de Huesca, pero que viene a poner de manifiesto lo que al principio de estas líneas apuntaba: la dudosa calidad del agua de nuestras poblaciones, y el poco interés de la clase política sobre este particular, hasta que el problema llega a registrar cotas alarmantes.

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