Cartas al Director: " La escuela publica"

Oscar Sipán Sanz

Nadie me lo inculcó, pero la escuela fue la primera patria por la que matar o morir, rodeado de gorilas con antecedentes en unos recreativos, a expensas de quedarme sin dientes o con la nariz torcida, y todo por un orgullo estúpido e injustificable que me obligaba a defender un colegio con nombre de Papa y que, de forma enigmática, entroncaba con esa repetidora de ojos tristes y maquillados, camiseta de The Cure o de Ramones, el pelo abrasado por el agua oxigenada y unas mallas negras agujereadas por cigarrillos, con la que me gustaba fantasear en el viaje de estudios, en la casa de los horrores del parque de atracciones de Madrid, con invitarla a una cerveza. Ya no he vuelto a sentir la necesidad de ser un héroe.

La sirena de Industrias Albajar anunciaba la proximidad del recreo. El recreo era la salvación para no salir a la pizarra, la huída de la pregunta que no conocía o que no recordaba. El recreo era la mejor parte de un sistema caduco e injusto basado en la memoria fotográfica y no en el trabajo continuado o en la creatividad. Los recuerdos se desordenan en mi cabeza y conforman un extraño puzzle: cruces con pinzas y espejos de colores, un mural con pintadas contra una profesora en el año en que murió el chico del pañuelo al que todos parecían adorar, los días de nieve y los desafíos en gimnasia, excursiones a Loarre y a Cillas y a la escuela de vuelo sin motor de Monflorite-Alcalá, cerraduras tapadas con cemento fresco para evitar unas elecciones municipales, un hombre canoso con chándal regalándonos un Cacaolat antes de realizar una demostración muy aburrida de toques de balón, el orden conmutativo y las tragedias cotidianas como romperse una pierna o cagarse en clase, el telescopio en el frontón de maestría que trajo un profesor y en el que no llegué a mirar y esos hombres entre niños que eran los repetidores, bostezando cada diez minutos de reloj y haciéndose tatuajes con un compás y tinta azul de boli Bic, antes de desafiarte en un silencio de western. Porque, tarde o temprano, te das cuenta de que la vida, en lo que te convertirás años después, es directamente proporcional al tiempo que le aguantas la mirada al repetidor más violento del pasillo.

Comentarios