Una nueva cultura del género

Curro Domínguez

El fin de semana pasado se desarrollaron en Huesca una serie de actos en torno a la violencia de género: un problema que pone de relieve la desigualdad todavía existente en el seno de nuestra acomodada sociedad, incapaz de gestionar y dar al traste de una vez por todas con esta lacra que golpea a las mujeres por el simple hecho de serlo. Y la Ley de Violencia de Género, aun siendo de enorme importancia para su erradicación, no basta para terminar con un problema que, anclado como está en lo más profundo de la idiosincrasia patriarcal, pervive sobre todo en la intimidad de los hogares.

Se hace necesario, por lo tanto, un cambio educacional severo y radical, que permita acabar con los valores de un machismo que otorga a los hombres un poder ilimitado por el simple hecho de ser hombres. Dichos valores, instalados en nuestra sociedad de inspiración judeo-cristiana desde tiempo inmemorial, necesitan ser completamente revisados si deseamos construir una convivencia igualitaria. Es inconcebible, desde una perspectiva democrática, que los hombres sean educados en una ideología que los coloca en una posición de superioridad con respecto a las mujeres, a su vez educadas en los valores de la inferioridad.

Ese vuelco ideológico debe operarse, por todo ello, no sólo en los hombres -para que aprendan a domar sus impulsos autoritarios- sino también en las mujeres, quienes deben rechazar una ideología que las estigmatiza si no asumen los valores de sumisión y de pasividad hacia los que han sido secularmente dirigidas. La emancipación femenina no únicamente es necesaria en el terreno económico, sino también en el cultural e ideológico.

La dependencia de medios en que viven muchas mujeres respecto de sus parejas les impide huir de un hogar conyugal convertido en el campo del exterminio de su dignidad. La independencia debe alcanzar también el terreno de lo cultural, imprescindible para eliminar el típico sentimiento de culpa que se instala en las mujeres que optan por denunciar una situación de malos tratos. El trabajo es un camino, pero también la revisión de los propios valores -que lo son de la sociedad al completo.

De la misma manera que las llamadas "nuevas masculinidades" pretenden instalar en los hombres actitudes y sentimientos que el patriarcado les impedía poseer, habría que propiciar la creación de unas "nuevas feminidades" que renegaran por completo de los valores en que recluyó el patriarcado a las mujeres. Esa redefinición del género femenino debería pasar pues, en nuestra opinión, por descartar que el destino de toda mujer sea obligatoriamente los de complemento del hombre y cuidadora familiar. Sólo así se producirá esa revolución ideológica y cultural necesaria para superar la división de roles de género marcada por el patriarcado.

Queda mucho todavía por hacer...: toda una cultura por levantar; una nueva cultura del género en la que la significación de lo masculino y lo femenino sea modificado, en aras de una convivencia pacífica y respetuosa.

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