Cartas al director : Erés o el incordio de la longevidad

Mª. Victoria Trigo Bello

Si los vecinos de Erés deciden seguir residiendo allí y, además, les viene en gana volverse viejos, reviejos, requeteviejos, no será extraño escuchar voces que les tachen de insolidarios. ¿Cómo se les va a ver con buenos ojos, si cada día que ellos vean amanecer, es un día más que se retrasa el pantano redencionista de Biscarrués?.

Tal como plantea las cosas el señor consejero de Medio Ambiente, Alfredo Boné, el calendario vital de los de Erés marca el suplicio de Tántalo de los sedientos regantes. Cuantos más años vivan los de Eres, más años de papel secante deberá soportar la agricultura de ese pretendido motor de Aragón. Así de claro, así de seco y tajante.

En este pulso de políticos a la violeta frente a la honestidad y racionalidad de argumentos que desaconsejan esa obra, siempre cabe la esperanza para los demandantes de agua -¿de agua o de pantano?-, de que si los de Erés no están por pingar las patas en un tiempo que los magos del consenso entiendan como prudencial –brisas del Gallego, y horizonte de Mallos son buena botica para resistir-, finalmente se resignen a hacer las maletas y, por aquello del interés general, crucificados por alcaldes mediocres y bandarras oportunistas de medio pelo, emigren de Erés de una puñetera vez.

Pero hasta que una de estas dos circunstancias –la de palmarla o la de largarse- acontezca para que ese espejismo de represar los restos del Gállego aún libre vea el nihil obstat oficial, queda mucho culebrón de Marbella, ladrillo y kilovatio por salir a la luz.

Y es que en el siglo XXI, esto de montarse un pantano a plazos, disfrazándolo de buena intención es, para cabreo de salvapatrias y valedores del desarrollismo, una novela por entregas imposible porque hay una que jamás sucederá: la de la dignidad de la Galliguera.

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