Cartas al Director: Esperando Los Danzantes

Lola J. B.

 

Huesca. Cinco de la madrugada del 10 de agosto. Pasas de bar en bar y hay gente que ya está sentada fiel a la cita de cada año.

Pronto habrá que ir a por el periódico y a sentarse. Esperando que alguno haga unas volteretas, o limpie la plaza o nos entretenga como sea. Intentando respetar y no meterse mucho con los que pretenden pasar por en medio que no entienden que ahora la plaza es un espacio reservado para la tradición.

Allí, en el suelo, el cuerpo encuentra un duro descanso, han pasado ya muchas horas desde el almuerzo en la terraza de un bar, los saltos en el chupinazo, los bailes a mediodía en bares abarrotados pero mejor eso que salir a la calle donde el sol abrasaba, tarde de chiringuitos, ducha y vuelta al tubo.

En cambio ahora hace hasta frío. La gente se tapa con el periódico, de paso lo ojean, comentan de las fotos, buscando conocidos, y casi tienen pesadillas con la guerra del Líbano en el duermevela del amanecer.

Hasta que te despiertan los primeros aplausos a los músicos de la banda más madrugadores.

La espera cuesta pero es parte del rito, la emoción se prepara para el encuentro.

Con los primeros compases del dance la plaza vibra. Los golpes de los palos suenan como el corazón de Huesca, y se repiten por toda la provincia en Santa Orosia en Junio con los danzantes empapados por la lluvia, en Jasa en el PIR con chavalas a las que nos les tiembla el pulso. Nos golpean el alma y nos empujan a luchar por esta tierra tan maltratada.

Tras el último golpe, el saludo al santo y a dormir ¡que ya toca!

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