Pregón de Navidad 2006 del Obispo de Huesca, Jesús Sanz

Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

Obispo de Huesca

Queridos amigos y hermanos, me veo metido en este oficio temporal de pregonero, cuando llegan estas fechas tan nuestras. No se trata de un pistoletazo de salida, sino tan sólo el humilde intento de poner voz a la historia que estos días se nos cuenta de mil modos. Se nos pide algo tan simple como atrevernos a evocar con letra lo que los años y los siglos nos llevan cantando con la música de Dios.

Celebrar la Navidad, sí, pero cuando son tantos los modelos, las razones y motivos, cuando no faltan las mil reducciones de una algazara tan especial, o incluso últimamente cuando sobra el torpe intento de censura de nuestra más entrañable época anual, parece que sí procede echar un pregón. Por supuesto, un pregón que no dure más de lo que intenta pregonar, y que no lo desfigure, sino que tan sólo lo despierte, lo acicale con respeto debidamente iluminado, para que brille con su propia luz y su más íntima belleza. Porque a la Navidad no le sobra ni le falta nada, basta dejarla hablar, y acoger su mensaje, y asomarse a su misterio, y lograr hacerla viviente.

Quería comenzar contando lo que me supuso hace años observar precisamente en estos días la salida del colegio de un grupete de chavales. Fue el modo con el que Dios me provocó como quien chista despacito a quien no se entera de qué va, para que preste atención a lo que debe. Pues fíjense, ustedes... “érase una vez que se era; érase, sí, una vez cualquiera y singular, en la que los vi salir de estampida, con el jolgorio típico de las primeras vacaciones escolares. Quedaba atrás el trimestre, y el traqueteo de la mochila diaria ya había dejado su señal en los forros de los libros nuevos. Es curiosa esa especie de excursión colegial en la que los críos van arrastrando al cole sus carteras con ruedas, cargados de toda la sabiduría que aún les queda por descubrir y asimilar.

Pero me fijé en uno de aquellos niños, que por ser del barrio, su carita me era realmente familiar. Tenía una pose serena, bien distinta a la de los demás desbocados compañeros que saltaban de alegría tras cruzar la verja del patio del colegio, para estrenar -fugaces- un paréntesis vacacional. Él no. Igualmente vivaracho, con un fondo alegre como los demás, pero con una atención distinta, con una especie de curiosidad casi adulta, que le permitía -sin él pretenderlo- no pasar desapercibido.

Sucedía impepinable cada invierno. Las bajas temperaturas hacían que sus pequeñas narices se pusieran coloradas, asomadas como estaban encima de su bien apretada bufanda azul. Los ojillos de aquel chavalín se esforzaban en no perder ripio de cuanto avistaban en el vaivén de ese ambiente casi mágico cada vez que llegaban los días previos de Navidad. Era una puesta de largo anual, que se esperaba viendo las hojas del calendario caer, como caen de los árboles frondosos las suyas al adentrarse firme el otoño.

Todo era un paisaje conocido que llenaba de luz y de inocencia los días más especiales del año. No siempre había nieve en las calles, pero al llegar esos días navideños un manto de esperanza pintaba de blancura y de pureza el otro paisaje de las personas mayores que manchaban de gris oscuro y tristón la avenida de la realidad con las intrigas, las revanchas, los dimes y los diretes.

Ah, que me olvidaba, tampoco faltaba ese olor inconfundible que la anciana castañera iba regalando desde su rincón en los soportales de la plaza, según removía con la vieja espumadera el chisporroteo en su bidón con agujeros que hacía brincar las castañas que se abrían para gritarnos su calidez e invitarnos a su sabor dulce y sin igual.

Sí, todo se concitaba en una especie de fiesta esperada con la ilusión de lo verdadero: los escaparates, los árboles iluminados, los motivos colganderos en las calles principales, el ambiente de regalo reestrenado y de perdón sincero. Todo era, como decía el gran Rilke, una conspiración... pero en este caso una conspiración buena, una conspiración para el bien.

Los sones de las pastorelas, con sus estrofas más tiernas para el Niño Dios, su Madre bendita y el discreto San José, o los villancicos con sus versos más ingeniosos de una picaresca graciosa e inocente, también ponían su nota –nunca mejor dicho- en esa fiesta orquestada de un nacimiento viviente.

Mientras saludaba a aquel pequeño escolar y nos decíamos con la mano un adiós casi de complicidad, me volvía a quedar prendado de esa inocencia tan cargada de santa curiosidad. “Debemos de ser curiosos”, me decía yo a mí mismo. Pero no para fisgar escenas o vidas ajenas que no son nuestras, sino para estar abiertos a la sorpresa que nos trae la vida, para saber descifrar sus mensajes, para acoger agradecidos su buena nueva y encajar pacientemente las que nos arrugan.

Ser curiosos nada menos que de la Navidad. No acostumbrarnos a estas fechas simplemente porque llegan, sino tratar de entenderlas desde esa novedad que nos impone la vida simplemente con el pasar del tiempo. Las cosas pueden ser las mismas, pero nosotros no lo somos jamás. Y hay un sinfín de factores que nos purifican o nos falsean la fatiga o la alegría de cada día. Debemos saber estrenar la Navidad como si fuera la vez primera, como mi joven amigo la sabe esperar y saludar cada año.

Siempre he querido imaginarme desde nuestra ladera, cómo hubiera sido hoy y entre nosotros ese plan divino de querer nacer como uno más sin ser uno cualquiera. Cómo hoy habría encontrado Él, el eterno Dios, una doncella pura que acogiese tan milagrosamente la vida con mayúsculas. Dónde estaría ese buen hombre que hizo sin escándalo ni traición las veces de padre, asumiendo discretamente la custodia una vida que no era fruto de su cálculo ni de su pretensión.

Cuáles serían las posadas cerradas, aquellas otras entreabiertas nada más y por si acaso, y en qué lugar se establecería la posada inadecuada que Dios mismo se escogió tras nuestro rechazo, para contarnos así, sin seguros, sin operaciones renove, sin créditos blandos, sin préstamos traicioneros, sin opas y sin ondas… para contarnos así, digo, el nacimiento humano de tan esperado Señor.

Aquella primera noche que tantas veces hemos recordado con nuestros nacimientos y cantares, fue quizás menos poética, menos cantarina, en donde la fe joven de una madre primeriza hizo a un tiempo de seno, de posada y de pan.

¡Qué hermosos los versos de alguien que se imagina la escena de esa primera noche, en un diálogo bellísimo entre esa joven madre y su pequeño infante que era -¡qué curioso!-, que era paradójicamente Dios. Déjenme que les lea una miniatura literaria de un supuesto monólogo por parte de un artista que se colara de rondón en el portal de Belén. Allí sorprendió a una joven mujer, mamá recién nacida, que asombrada estaba delante de un recién nacido bebé:

«La Virgen está pálida y mira al Niño. Sería preciso pintar sobre su rostro esa maravilla ansiosa que sólo una vez ha aparecido sobre un rostro humano. Porque Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de su vientre. Lo ha llevado nueve meses en sí misma y le dará el pecho, y su leche se convertirá en la sangre de Dios.

En algunos momentos la tentación es tan fuerte que olvida que es el Hijo de Dios. Lo acurruca en sus brazos y le susurra: ¡pequeño mío! Pero en otros momentos se queda como en suspenso y piensa: Dios está ahí... y le invade una especie de temor religioso ante este Dios mudo, ante este niño que en algún sentido da como miedo...

Pero pienso que también existan otros momentos rápidos, fugaces, en los que ella siente que Cristo es su hijo, es su pequeño, y que es al mismo tiempo Dios. Lo mira y piensa: este Dios es mi niño, esta carne es mi carne, está hecho de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es como la mía. Se me parece, es Dios y se me parece.

Y ninguna mujer ha tenido la fortuna de tener a Dios sólo para ella. Un Dios pequeñísimo, hasta poder estrecharlo entre los brazos y llenarlo de besos. Un Dios todo cálido, que sonríe, que respira, un Dios que se puede tocar y que ríe. Y es precisamente en estos momentos que yo pintaría a María... si fuera un pintor». (J.P. Sartre, Barioná, el hijo del trueno. Madrid 2004)

¡Qué hermoso poema, que nos pone en vilo y en vela esa pregunta que tantas veces me he hecho!: ¿cómo sería la mirada de María, jovencísima madre de un milagro, ante el fruto de su entraña? Todo fue excepcional en aras de la excepcionalidad que revestía el hecho para la historia de la humanidad.

Pero con todo el peso de la gravidez religiosa que rodeó y llenó aquel sagrado nacimiento de Dios en el vientre de una Virgen por obra del Espíritu Santo, no quitó ni un ápice el realismo de aquel divino niñito: nacido de mujer, nacido bajo la ley, nacido en la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4,5).

Quienes nos hemos asomado mil veces a la cuna de un bebé (privilegio de ser el mayor de seis hermanos) nos hemos hecho un sinfín de preguntas que desde la inocente provocación que tanta belleza y tan inefable bondad nos brindaba con toda su desarmada ternura. Mirando la paz de su sueño, o tomando sus pequeños dedos que aprietan nuestro meñique... ¡cuántas preguntas nos hemos hecho!

Así aparece en este poema como el relato de alguien que se mete por un instante en esa mirada de materna curiosidad de María ante su pequeño Jesús: Dios verdadero y su hijo verdadero a la vez. «Pequeño mío... este Dios es mi niño, esta carne es mi carne, está hecho de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es como la mía. Se me parece, es Dios y se me parece».

El poema en prosa que nos presenta la concretez de las observaciones, la agudeza de sus detalles, la delicadeza de sus interrogantes, y la ternura de su osadía, nos permitiría acaso adivinar que se trata de una autora: una mujer, madre tal vez, contemplativa y mística quizás, que con toda la fuerza de su feminidad ha interpretado como nadie esa curiosidad de la mirada de María. Leyendo el poema, escuchando estos versos con la filigrana del arpa como música de fondo, nos parecería que estamos ante una mujer dotada de una finísima sensibilidad y una acendradísima fe.

Y sin embargo, esta es la sorpresa, se debe a una pluma bien distinta. Escrito el poema en una cárcel, sin ningún tipo de soporte ambiental. Fue durante una Navidad. La autoría se debe nada menos que a Jean Paul Sastre, ese autor tantas veces ácido hacia el cristianismo y hacia la Iglesia.

Siempre he pensado que este aguerrido existencialista francés, conservó en los pliegues más hermosos de su corazón ese reducto de fe o de apertura al Misterio que le permitió escribir lo que acabamos de escuchar. Este poema, le habrá servido de intercesión por parte de María, cuando se haya presentado ante Dios con todas sus carencias. No puedo no pensar que su evidente falta de vino en las bodas de su existencia atribulada, encontraría nuevamente a la Virgen dispuesta a susurrar a Jesús, su Hijo: no tiene vino. Y este sería el inmerecido pago de la Madre de Dios a su improvisado pintor poeta, que la sorprendió furtivo abismada ante la ternura de Dios.

Queridos amigos y hermanos, son dos mil años de recuerdo, veinte siglos de encuentro entre una humanidad que busca y pregunta y Dios que se hace encontradizo al ofrecernos sus respuestas. Es una eternidad que poder celebrar en tiempo pretérito, presente y futuro. La Navidad cristiana no se reduce a la magia de un ambiente como si todo pudiera reducirse al aspecto más noblemente sentimental o al aspecto más resultonamente comercial. Pero, sin duda, que todo ayuda a la hora de ambientar el misterio de unos días que vuelven a llamar a nuestra puerta, para recordarnos la fidelidad siempre tierna y jamás marchita de Dios que nos acoge sin hartura ni escepticismo, de Dios amor que nos vuelve a contar la historia más hermosa jamás contada, esa que tiene que ver directamente con el significado verdadero de la más verdadera Navidad.

Nos reconocemos en esta tradición religiosa que a través de tantos siglos ha ido generando lo que implica el recuerdo creativo del nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros y como nosotros. No es un cumpleaños sin más, o un cumplesiglos que cabría decir ya, sino la remembranza de algo que sigue sucediendo hoy como ayer aconteció. Es la luz que Dios vuelve a encender arrimando su claridad y su lumbre a todo cuanto en nosotros o entre nosotros está clamando una novedad.

Tenía en sus brazos a su recién nacido, al que amamantaba, al que acariciaba, al que decía ternuras mientras miraba sus ojitos de luna. ¿Qué canción le cantaba María a aquel pequeño de sus entrañas? Aquel a quien estrechaba contra su pecho, y que era Dios, nada menos que Dios. ¿Cómo nos podríamos imaginar la llegada de Dios a nuestra vida? Quizás como una imponente rueda de prensa en la que se comunicase con detalle los pormenores más curiosos. O, tal vez, como una gran parada de fuerzas multinacionales donde se exhibiesen con tronío y alharaca todo su poder. Para otros, acaso, tan solemne advenimiento debería llegar en medio del “glamour” de una escenografía del famoseo bien cuidada, de esas que no alumbran la oscuridad de nadie, pero que deslumbran la vanidad de tantos.

Tal vez, desde nuestra mejor buena voluntad, no se nos habría ocurrido mejor método para vender bien las verdades de Dios y acrecentar su eterno prestigio. Martín Descalzo escribió magistralmente que “los hombres, siempre aburridos y seriotes, se habían imaginado al Mesías anunciado de todos modos menos en forma de bebé... Esto tenía más aspecto de broma que de otra cosa. ¡No era serio! Y sin embargo aquel bebé, que iba a comenzar a llorar de un momento a otro, era Dios, era la plenitud de Dios. Y se había hecho enteramente hombre. El mundo que esperaba de sus labios la gran revelación recibió como primera palabra una sonrisa y el estallido de una pompa en sus labios rosados (J.L. Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Salamanca 1990, 123).

Por eso casi nadie se enteró. Pero no por ello Él dejó de venir. No por ello dejó de suceder aquel milagro. Era noche buena como pocas, una noche buena como ninguna. Y sucedió aquello que los sencillos esperaban porque Dios lo había prometido y en aquella hora cumplió para siempre. Dios hecho hombre, hecho historia nuestra capaz de brindar por nuestros gozos y sollozar con nuestro penar. Y para decirnos lo eterno, quiso aprender nuestra lengua a fin de balbucirnos un amor que no caduca, una paz que no claudica, una fidelidad que no traiciona. Verbum caro factum est. La Palabra se hizo carne. Dios se humanó para hacernos a nosotros verdaderamente hijos suyos y hacer posible la hermandad.

Los cristianos hacemos memoria de esa noche bendita, que por esa razón la llamamos nochebuena. ¿Qué ocurrió aquella noche? Que en medio de tantos apagones de las cosas que soñamos como más hermosas, Dios encendió en su Hijo una Luz que viene a iluminar esos sueños de lo mejor, encontrándoles su camino. Que en medio de nuestras contiendas, Dios quiso levantar su tienda de encuentro en donde experimentar su acogida de paz: la propia de Quien no se escandaliza de nosotros, de Quien no se harta ni se fuga de nuestra pobreza y pequeñez. Que en medio de nuestros despistes y extravíos, Dios ha encendido también para nosotros una estrella que nos guía discreta hacia la meta que dibujó Él mismo pensando en nuestra felicidad.

Queridos amigos: aquí y ahora estamos nosotros, testigos de esa noche dos mil años después. Y lo somos en medio de nuestros apagones, de nuestros fríos y nuestro estrés. No sólo vino Dios entonces, sino que viene ahora y volverá después, para poner su luz que nadie puede apagar, su ternura cálida como la gracia, y su paz que llena de sereno sosiego nuestra alma y nuestra agenda.

Esta noche, a las puertas ya de la Navidad, quisiéramos seguir peregrinando hacia eso mejor de nosotros mismos de mil modos intuido y presentido, eso mejor que coincide con el destino último para el que fuimos creados, zambulléndonos en la música que es hija de este tiempo bendito en que recordamos a Aquel que ya vino en Belén, a Aquél que volverá en Gloria al final de los tiempos, y a Aquél que se nos allega si acertamos a esperarle por los caminos que Él frecuenta.

Por todo esto, puntuales a la cita, han llegado estas fiestas entrañables en las que reestrenamos el sagrado rito de asomarnos al ventanal de la esperanza. Necesitamos ver pasar por nuestro sendero a Aquel que ama nuestras preguntas y las abraza, mientras enjuga nuestras lágrimas y brinda por nuestras dichas.

La respuesta de Dios se ha hecho cercana en el surco de la vida, porque sin dejar de ser el Señor camina como hombre en nuestra orilla.

Comentarios