Vergüenza ajena

Cristina Pérez Diego

Disfrazarse o no, para muchos no es en absoluto un dilema. Hay quien tiene muy claro que jamás sería capaz de pisar el asfalto envuelto en la piel de otro y, hay quienes, andan medio año pensando y guardando zarrios por los cajones por si acaso llega el carnaval y les pilla sin fondo de armario.

Y tiene que haber de todo, porque si no fuera así, ya me dirán quién iba a estar sobre la acera contemplando a los artistas de la máscara y, en ocasiones, pasando vergüenza ajena. Personalmente es una expresión que nunca he comprendido demasiado bien.

La vergüenza, creo, es un accesorio personal e intransferible y no soy capaz de pensar que se puede trasladar al de al lado para que vuelva a ti, y te invada algo que no es fruto de tus sensaciones. No me explico. Pero no me dirá que cuando ve al vecino del cuarto en el ascensor, tan serio y circunspecto con corbata y con esa cara de limón amargo, no me diga, que no siente esa punzada ajena cuando lo ve en carnaval. El año pasado ¿recuerda? lo vio subido a aquellos taconazos imposibles con la cara con cinco centímetros de maquillaje y una minifalda que enseñaba esas piernas...esas piernas...

Así que cualquiera le saluda desde entonces en el ascensor como si fuera un vecino normal. Porque ahora cuando coinciden en el patio, se lo imagina con el maquillaje y aquellas piernas y, es entonces, cuando le da esa punzada ajena como propia: la dichosa vergüenza ajena.

En fin. Este carnaval espera no ver a algún conocido, de esos que presumen de serios, en una situación parecida, porque lo que sufre luego... eso no lo sabe nadie