Cartas al Director: Alegría en Sijena, tristeza en Casbas

Luis Bradineras Lis

Hace unos días se recogían las declaraciones del señor Jaime Vicente Redón, director general de Patrimonio, en las que destacaba el cordial acuerdo al que se había llegado con las hermanas de Belén del Monasterio de Sijena, en relación a la continuación del proceso de restauración y del régimen de visitas al monumento. Sin duda esta noticia es motivo de alegría y satisfacción para todos los aragoneses y felicito a ambas partes por su disponibilidad y acercamiento.

Esta noticia me ha animado a volver a reivindicar que el Monasterio de Casbas vuelva a abrirse para las visitas públicas, en cumplimiento de lo que dispone la Ley de Patrimonio Cultural Aragonés, puesto que, como todos sabemos, las propietarias o propietarios del Monasterio no han cumplido con esta obligación, desde el cierre de este Monumento Nacional en el año 2004.

El cierre del Monasterio de Casbas supuso un duro golpe para la Villa y para la comarca, y con seguridad para el conjunto de los aragoneses. Aún hoy se me encoge el corazón cada vez que contemplo con rabia como parte de mi historia, de mi vida y de mi pueblo se desmorona sin remedio.

Me indigna aún más comprobar, como puede parecer, que mis representantes políticos no hacen cumplir la legislación y, en consecuencia, no velan por los derechos de todos los ciudadanos en esta cuestión. También me planteo que no han sido buenos gestores con mi dinero, el dinero de todos, pues las partidas presupuestarias invertidas en las diferentes fases de restauración llevadas a cabo, van a ver su fin en cuentas bancarias de particulares por la venta del inmueble. Tal vez habría que exigir la devolución de las cantidades públicas invertidas, pues el objetivo de éstas, no creo que fueran el enriquecimiento de los vendedores o vendedoras.

El Monasterio de Casbas ha recibido dinero público para las diferentes fases de las restauraciones desde el año 1980, tal como recuerda el señor Antonio Iborra en la carta de 13 de noviembre de 2006, publicada en este periódico. Es necesario recordar que el Monasterio no tendría la conservación actual sino hubiera sido por el dinero público. Esto también lo sabemos todos.

La primera restauración se realizó en una parte del claustro y fue vivida por la comunidad monástica y el pueblo con gran júbilo porque se garantizaba la solidez del conjunto monumental. Recuerdo que en aquella época la comunidad vivía en una estricta clausura y que al finalizar una misa nos invitaron a ver las obras. Que orgullosas estaban aquellas monjas de haber conseguido que esa parte del claustro ya no se viniera abajo, y la Villa en pleno, por haber contribuido a ello. Ni que decir tiene que aquella comunidad nada tiene que ver con la que actualmente regenta el edificio. La primera nos quiso y era parte del pueblo, y su clausura fue cercana y compartida en un camino común de 831 años.

Dentro de unos meses nos volverán a llamar a las urnas, los candidatos se acercarán a nosotros con buenos deseos e ilusión y me gustaría que alguno de ellos recogiera la preocupación del pueblo en relación al futuro del Monasterio, y se acercara a la Villa para que nos explicasen sus líneas de actuación en este sentido y exigir las responsabilidades que se derivan de la correcta y estricta legislación patrimonial.

Que triste y doloroso es todo lo que está ocurriendo y más aún tener que reflejarlo de esta manera.

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