Se acabó lo que se daba

Nuria Garcés

Se acabó la fiesta. Esto es todo, amigos, que decían al final de esos dibujos animados. Pues bien, llegó el final del conejito y de las fiestas. A esta hora, duermen ya esperando la lavadora, los últimos pantalones, camisas o camisetas blancas, así como las consabidas pañoletas. Alguien tendría que explicarnos, desde la sociología, ese ponérnoslas el día 9 por la mañana para quitárnoslas sin solución de continuidad el 15 por la noche. A nadie se le ocurriría volvérsela a poner pasado mañana. Cumplimos un ritual que es ciertamente interesante y gregario, por cierto.

Si este 16 de agosto ustedes pasean por Huesca, pocas muestras tendrán de los 7 días de alegría, fiesta y desenfreno que acabamos de vivir. Pocas muestras y ya pocos restos. Los escaparates laurentinos, acaso, adornados en blanco y verde que, a partir de ahora, pierden todo su significado.

Es el día de acudir al súper para reponer una despensa y un frigorífico que se han quedado escuetos hasta la mínima expresión. O, al contrario, de tirar toda aquella comida que nos ha caducado, porque creímos que comeríamos y cenaríamos en casa, y no se nos ha visto el pelo por nuestro hogar...

Es día de intentar dormir unas horas más, para recuperar el sueño perdido y, si se trabaja, de mantener la dignidad, mientras se ve cómo media ciudad disfruta de sus también merecidas vacaciones, que eso se ha notado sobre todo, cuando por la mañana hemos encontrado aparcamiento a la primera.

Acabaron las fiestas y el conejo ha regresado a su chistera, harto tal vez de todo el cachondeo que ha provocado, y mirando de reojo al alcalde de Huesca, que tanto ha renegado de él cuando, la verdad, no era para tanto. O repasemos carteles pasados...

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