Cartas al director: Hijos ilustres de Huesca

Víctor Pardo Lancina

Sin duda en la figura del ingeniero Juan-José Arenas de Pablo concurren circunstancias profesionales de prestigio y crédito científico más que suficientes para hacerle acreedor al honroso título de hijo predilecto de la ciudad. De tal guisa lo ha reconocido la Corporación municipal, a propuesta de unos ciudadanos cuya iniciativa suscribo y aplaudo. Juan-José Arenas, de este modo, vendrá a inscribir su nombre en el libro de autoridades en el que también figuran juristas de la talla de Cecilio Serena, el archivero municipal, cronista y erudito Federico Balaguer o los cuatro montañeros oscenses trágicamente desaparecidos en 1995 en el K2, en la cordillera del Himalaya.

En el mismo rango de reconocimiento social y méritos probados para recibir títulos y honores cívicos, podemos hallar en el listado de los hijos adoptivos de Huesca nombres propios bien conocidos, así, por señalar algunos, el pintor José Beulas, el obispo Javier Osés o el montañero Javier Olivar, compañero de cordada en el Karakórum de los malogrados deportistas citados.

Pero no todos los renglones del memorial municipal de distinciones son igual de brillantes. El 22 de junio de 1953 el entonces Jefe del Estado y Caudillo de España Francisco Franco, recibió el título de hijo adoptivo de Huesca y el primer escudo de oro otorgado por la ciudad. La ceremonia tuvo lugar en el salón del trono de la Diputación Provincial, ya que aprovechando el viaje, el dictador, que ya era hijo adoptivo de la provincia desde el tercer año triunfal, fue distinguido con la medalla provincial de oro “especial y única”. Anotaba los detalles de la ceremonia en una tribuna publicada en el diario local el pasado marzo, e igualmente a través de sendos escritos enviados al Ayuntamiento y la Diputación de Huesca solicitando la anulación de aquellos acuerdos, escritos que han merecido el desdén del silencio administrativo como toda respuesta.

Las cosas, naturalmente, han cambiado desde el tiempo de la ominosa e ilegal dictadura militar al presente régimen parlamentario. Sin embargo, el acuerdo adoptado por aclamación en el Ayuntamiento que presidía en aquellas fechas José Gil Cávez sigue vigente, y por tanto compromete a la actual Corporación democrática que asume como heredera el nombramiento, obligándola a convivir con esa adherencia franquista en el libro de honor donde reconoce y anota los méritos de sus mejores hijos, predilectos y adoptivos. No es coherente este hecho, no es digno ni decoroso sino anacrónico y profundamente antidemocrático. El pleno municipal oscense debería anular la concesión a Franco del título de hijo adoptivo y exigir a la fundación depositaria de su legado la devolución del escudo de la ciudad. Es necesario hacerlo también por respeto a Juan-José Arenas, para que su nombre no figure junto al del militar sublevado, artífice de la más negra página de la historia española del siglo XX.

También es exigible a la Diputación Provincial la limpieza en conciencia de su libro de ilustres hijos adoptivos, revocando los acuerdos que llevaron a inscribir en esas páginas junto al execrable Generalísimo a corifeos entusiastas como el ministro de la Gobernación Camilo Alonso Vega, el secretario general del Movimiento José Solís Ruiz, la delegada nacional de la Sección Femenina Pilar Primo de Rivera, el ministro de Obras Públicas Gonzalo Fernández de la Mora, el presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, o entre otros de similar ascendencia patriótica, el depurador del Magisterio y la Universidad, el ministro de Educación José Ibáñez Martín. Sería un ejercicio de justicia histórica y memoria democrática. Un acuerdo necesario por dignidad institucional.

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