Cartas al director: Mártires, Ciudad dividida

Daniel Iraberri Pérez

No deja uno de sorprenderse ante la extravagante competición que se está librando actualmente en España. Existen verdaderas ansias por obtener el glorioso título de “Cínico del año”. Entre “políticos” del PSOE, del PP y demás, tertulianos y otras lumbreras, el Obispo que padece nuestra ciudad está empecinado en no quedarse a la zaga.

Quizás hayan leído la carta (Mártires: ciudad sobre el monte) que tan notorio personaje, antiguo estudiante de economía y derecho mercantil, exbanquero, fraile, teólogo y obispo a la vez (una inquietante casualidad) publicó dos viernes atrás en alguna publicación eclesiástica y en el Pirineo Aragonés. Quien haya soportado la insoportable prosa de nuestro conciudadano habrá podido extraer fundamentalmente dos tesis, a saber: 1.- el único delito de los 498 beatos fue “la fe abrazada, la vocación vívida, el testimonio cristiano en todas las vías”; 2.- Las beatificaciones han sido un acto de reconciliación y no un acto de provocación.

Les invito a sumar dos y dos. Dado que ambos bandos fusilaron a miembros de la Iglesia Católica, creyentes por lo tanto, y dado que en estas beatificaciones sólo constan los de un bando, ha de haber necesariamente alguna diferencia específica entre unos y otros para que la Iglesia pueda discernirlos y seleccionarlos. Juzguen ustedes de qué diferencia puede tratarse…

Entre los beatos hay muchos casos de dudosísima (y rebatida) inocencia, de ahí que parte de la Iglesia, desde Pío XII y Pablo VI hasta el arzobispo Merchán, haya considerado imprudente esta beatificación masiva. Entre los que no cuentan, tenemos por ejemplo el caso, tan cercano, de José Pascual Duaso, cura de Loscorrales (cerca de Ayerbe) fusilado por falangistas, en un “juicio” de media hora; vivía su vocación, abrazaba su fe, repartiendo su leche entre los necesitados de Loscorrales, y al parecer tenía ideas izquierdistas. ¿Por qué no lo fusilaron los republicanos si también cometió el supuesto delito de abrazar la fe y vivir su vocación? ¿Por qué no se fusilaban los republicanos a sí mismos, católicos en gran parte? ¿Por qué José Pascual Duaso, como tantos otros, no cuenta?

Éste es el mensaje conciliador que nos ha lanzado la Iglesia: Bienaventurados aquellos que amen a Dios, no al Pueblo. Históricamente la Iglesia se ha sentido más cómoda a la mesa de los grandes capitales, renegando de aquellos de sus compañeros que, al contrario, decidían compartir mesa, o trinchera, con quienes no tienen nada más que el sudor de su frente. Los ejemplos son inagotables. Por su actualidad cabe citar éste: en Venezuela, el cristianismo de base apoya fervorosamente a Hugo Chávez, muchos obispos, en cambio, están del lado de los ricos golpistas que han tratado y tratan de “corregir” la decisión soberana de Venezuela.

Por otra parte, este novio de la muerte, que tanto exalta la mortificación de nuestras carnes pecadoras, odia tanto la vida que la insulta poniéndola como reflejo de un “más allá” verdaderamente justo y habitable. Odia tanto la vida que tacha de “camaradas de la oscuridad tenebrosa” (su Reverendísima dixit) a quienes en la batalla no tienen más recompensa que el mundanal abrazo de su familia, de sus vecinos, de sus amigos, y su terrenal dignidad. Este nihilista se odia tanto a sí mismo, odia tanto lo humano, que rechaza a todo aquél que hace el bien contando con que no será recompensado “más allá”. La paradoja es atroz considerando que somos los racionalistas, los materialistas, los ateos, los acusados de reducir al hombre a una especie de sopa de células. Los novios de la muerte lo llaman Dios, y lo sacan del mundo; los materialistas lo llamamos Hombre, Firmeza, Justicia, Vecindad, Dignidad… y luchamos por restaurarlo en el mundo. Si algún ilustre católico conservador, como G. K. Chesterton, tuviera que responder a nuestro Obispo, a buen seguro que también sería acusado de “camarada de la oscuridad tenebrosa”. Aún es más ¿Considerará Monseñor “de los suyos” a los Apóstoles (cfr. Mateo 6. 24; Lucas 18. 25. etc.)

A mi juicio no se trata tanto de quiénes aman la vida y quiénes no, o de quiénes abrazan la fe y quiénes no, como de quiénes luchan por reparar las injusticias del mundo que todos pisamos (de este mundo desgobernado por el mero mercado salvaje y depredador, del que son fanáticos creyentes tanto el PSOE como el PP) y quiénes en cambio prefieren luchar para conservar las injusticias. Por cierto, se trata de elegir en el presente, más que en el pasado. La Iglesia Católica (ni mencionemos a las iglesias protestantes), hoy como ayer, ha elegido de qué lado está. ¿Y ustedes?

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