Escenario para los recuerdos

Cristina Pérez Diego

Es probable que, hoy, Carmen, reviva durante unos minutos su juventud. Aquella época dura como el pan negro y melancólica como el sonido del piano que, a veces, acompañaba a algunas películas. Luego llegó el teatro y la Montiel y salir al Coso cogidas del brazo para llegar a casa a la hora porque, al día siguiente, esperaba el taller de costura y la clase de cómo hacer bien los ojales en los abrigos.

El teatro Olimpia era la fiesta, la falda de los domingos, el olor a lavanda y, cuatro filas más atrás, la sensación de que, él, la estaba mirando a ella y no a lo que sucedía en el escenario. Carmen recuerda que una porción de su vida estuvo ligada a ese teatro y con esos recuerdos le vienen todas las sensaciones de su juventud, hasta que ya con su marido y su hijo acudían al certamen de poesía porque, su marido, siempre había sido un poco poeta y en primavera, de nuevo, Carmen revivía el olor a lavanda, la falda de los domingos…y aunque, ya perdida la sensación de que unas filas más atrás alguien la miraba, Carmen se aferraba a esos recuerdos que, hoy más de sesenta años después le están volviendo como en dosis pequeñas.

Como una pequeña lluvia fina de nostalgia que, a ratos, le trae unos recuerdos duros como el pan negro y otros blandos y tiernos como la miga que su madre le echaba en el tazón de la leche. Poco a poco Carmen, sin estar hoy porque la salud se le va escapando cada vez más, está volviendo al Olimpia majestuoso, brillante y por donde pasó un mundo entero. Su mundo. Hoy vuelve, a su manera, con su falda de los domingos y el olor a lavanda en la piel.

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