Cartas al director: ¿Otra vez una política agraria de parches?

Agustín Mariné

Presidente de la Asociación General de Productores de Maíz de España (AGPME)

Muchas veces en la vida hacemos cosas gravísimas sin darles importancia. Y también lo contrario: Damos una gran importancia a cosas banales, hasta intrascendentes. Luego, cuando estos propósitos vienen a provocar incidentes, venganzas, rabias, odios y guerras, nos lamentamos amargamente de las consecuencias tan nefastas que a la vista están –pero raramente hacemos el esfuerzo de “ascender” en la cadena de acontecimientos para descubrir en qué nos equivocamos y por qué.

Así van las cosas, desde las más serias y graves hasta las más banales.

El otro día, paseando por las salas del Museo Arqueológico de Nápoles, vine a parar ante el célebre mosaico de la batalla de Arbela, en la cual Alejandro Magno destruyó el Impero Persa total y absolutamente, de manera que hasta su triste final, el pobre Darío, solo pudo ir escapando de su perseguidor. El mosaico es enorme y está muy bien conservado. Lo encontraron debajo de la lava del Vesubio, en la ciudad de Pompeya, y con gran cariño lo trasladaron al Museo Arqueológico para su conservación. Pero el caso es que lo colocaron en una gran pared que ha hecho movimiento (aunque casi es imperceptible), y el célebre mosaico de Alejandro se ha rajado de arriba abajo. O sea, que ha sufrido un avatar por el paso del tiempo, atesorando en su accidentada historia una grieta de varios milímetros, perfectamente visible. Para que las piedrecitas del mosaico no se caigan ¿saben Uds. lo que los arqueólogos del Museo han hecho? Pensarán Uds. que (tal vez) un ajuste por rayos láser, o algo sumamente informático, cuántico, molecular, ultrasónico. Pues no, amigos, no. Lo que han hecho es ponerle al mosaico una tira de “celo” desde arriba hasta abajo, total, dos metros y pico de “celo” –y hasta le han dejado al celo el “rabillo” ya que al romperlo por lo visto no usaron tijera. O sea, que desde ahora tenemos el máximo testimonio de la batalla de Arbela de Alejandro Magno situado en una pared algo inestable, y mantenido en perfectas condiciones mediante una tira de “celo” (es el celo ancho, de 5 cms. y no el celo vulgar y corriente de 1 cm. No está mal).

Bueno, pues con la política agraria pasan cosas por el estilo, ¿Suben los cereales? Bueno. Pues importemos cualquier cosa que salga. ¿Miramos la calidad? ¡Quiá! No vale la pena. Si total lo van a comer los bichos, y ya sabemos que comen cualquier cosa: Hay conejos que hasta se comen sus propios excrementos. Mira por dónde. ¿Tiene Ud. cebada PAC? Cuidado. Hay que ver si es transgénica. ¿Viene cebada del quinto pino? Adelante con ella. ¿Ha cultivado Ud. el campo tal con insecticida? Ojo. ¿No se ha enterado Vuesa Merced de la ecocondicionalidad? Malo. Pecado mortal. Traigan Uds. residuos de industrias alimentarias de donde Cristo dio las tres últimas voces. Tranquilos que allí todo lo hacen perfecto. Vale la pena colar un mosquito europeo para tragarse un elefante importado. ¿Qué sentido tiene esta alocada persecución legal de la técnica agraria europea para sustituir nuestros productos por otros absolutamente imposibles de catalogar? ¿Qué pasa con la intolerable reglamentación de alimentos transgénicos, que mientras se autoriza su consumo (!) prohíbe su producción? ¿Hasta cuando estos políticos inútiles van a estar tomándonos el pelo? Cicerón escribió contra el Sr. Catalina un célebre discurso. Ahora escribiría otro contra los que han permitido importar soja transgénica hasta reventar y no han permitido cultivar ni una sola hectárea. ¿Hasta dónde tendremos que soportar su incapacidad y su cobardía? Pongan, amigos, tiras de “celo” a su PAC para que no se cuartee. Ahora quieren pagar igual al secano que al regadío, para ahorrarse trabajo de control. Después de estudiar la Regionalización, después de evaluar cosecha por cosecha, después de establecer “cupos de producción”, después de obligar a adquirir derechos de plantación, derechos de cría y engorde, otros derechos de vacas lecheras y de ovejas pastantes; ahora, de golpe y porrazo, pretenden pagar algo por hectárea y a otra cosa. Ahora ya no van a mirar lo que se hace con la hectárea, ni lo que se hizo en el pasado. Si se hace bien o mal. No. Ahora le darán algo (lo que ellos quieran) y allá se las arregle Ud.; Si algún día bajan los precios (como ya ha ocurrido un montón de veces)...pues deje Ud. el territorio yermo que es muy bonito de ver. Menuda tomadura de pelo. ¿No les parece que el “celo” de Alejandro Magno en el Museo de Nápoles se parece al “celo” de este nuevo reglamento de la PAC que pretenden colocar estos días?

No se trata de hacer demagogia. Se trata de algo capital: El uso y la buena administración del territorio. No vale decir que cuando sobra alguna tonelada de cereal hay que ir al abandono “voluntario” u “obligatorio”. No es aceptable hacer creer a la gente que la producción del territorio es algo “ocioso” y que mejor lo dejamos yermo. Dejar el territorio yermo, cuando se ha trabajado durante milenios, es una barbaridad. Equivale a renunciar al equilibrio carbono-oxígeno por una simple “cicatería”. ¿Por qué los políticos no se implican en serio en el territorio, para obtener de él lo máximo posible, alimentos, biomasa, energía, paisajismo –vean Uds. las fotos aéreas de los cultivos que hizo el Sr. Yann Arthus-Bertrand y ayudar una vez por todas al equilibrio de la biosfera? ¿Por qué permiten que las fincas grandes queden ahora (con la nueva reforma) fuera del sistema, dedicadas a los paseos de placer el fin de semana, mientras más de 800 millones de seres humanos pasan hambre? ¿No parece todo ello una intolerable desidia administrativa?

Igual que se hizo con el “celo” del mosaico de Alejandro Magno, hacen nuestros políticos con el instrumento de control y gestión de los territorios que se llama PAC. Ponerle a una obra de arte (como es la agricultura europea) una tira de “celo” para que no se caiga, merece nuestra más enérgica repulsa.

Por el contrario, el territorio y su producción debe ser un bien público, algo fundamental, algo clave, digno de toda la atención. El territorio y su buen uso debe de estar a cubierto de las veleidades –las que antes hemos detallado y otras muchas– para que cumpla la función crucial que tiene por naturaleza.

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