Cartas al director: Sobre la Comunión

Francisco Raya Ibar

Delegado Diocesano de Liturgia de Huesca

Desde el nacimiento de la Iglesia, ésta viene celebrando la Eucaristía con las especies de pan y vino de uva fermentado. No se lo inventó. Lo heredó de las celebraciones judías de la Pascua y del Sabbat que, en recuerdo de su liberación de la esclavitud de Egipto lo venían haciendo, aunque con otro sentido.

Desde aquel momento la Iglesia ha mantenido una fidelidad a los alimentos que Jesús utilizó para institucionalizar la memoria de su amor, de su entrega, de su muerte y de su resurrección. Una fidelidad que ha pasado por situaciones mucho más difíciles y complejas que la de los celíacos. ¿cómo entenderán las culturas que no son mediterráneas los alimentos básicos del pan y del vino, cuando para ellos o bien son elaborados de otras materias o ni siquiera existen como tales? Y, a pesar de las dificultades, la Iglesia optó por mantener esa fidelidad a lo más nuclear de su esencia. La Iglesia nace y vive de la Eucaristía. Por eso, todo lo que atañe a los sacramentos, la Santa Sede ha sido siempre la única que ha dado soluciones a estas situaciones que el devenir de los tiempos viene presentando. Aunque, a veces, esas soluciones no nos gusten, principalmente porque no solucionan el problema presentado.

Desde el principio de la Iglesia, el pueblo de Dios comulgaba bajo las dos especies, pan y vino, práctica que se fue sustituyendo por las dificultades lógicas del número de participantes, a comulgar únicamente bajo la especie del pan. Desde entonces la Iglesia permite comulgar con pan y vino o sólo con pan. Nunca había permitido la comunión con vino exento de la comunión con pan. ¿Por qué?

Por algo bastante complejo y que atañe al signo.

Si el signo lo adaptamos a los problemas, ambientes, culturas... dejará de ser un signo, sobre todo, cuando se trata de que éste sea universal y atemporal. Y la Eucaristía, para los creyentes, es un signo de unas realidades mucho más transcendentes que nuestras propias limitaciones culturales, personales o sociales. La iglesia ha optado, siempre, por no tocar nada que ataña al signo sacramental, aunque pueda cambiar aspectos que lo rodean.

En el caso de los celíacos, la Iglesia optó, o bien porque comulgaran un pedazo muy pequeño del pan, en muchos casos inofensivo por la pequeñísima cantidad (yo, en mi vida sacerdotal me he encontrado con celíacos que toman un cuarto de la forma pequeña con toda normalidad y según ellos, "no pasa nada") o bien porque bebieran de un cáliz preparado para ellos una pequeña cantidad suprimiendo la obligación a tener que tomarlo con el pan consagrado.

Pero no para marcar a estas personas, sino para que se sientan invitados a una mesa preparada para todos. La Iglesia no los hace "diferentes". Los ha marcado una cruel enfermedad y la iglesia ha proporcionado la forma de que puedan sentirse invitados a esa mesa sin que les marque ninguna etiqueta mientras pedimos a los científicos que desarrollen los paliativos necesarios para esta enfermedad.

La iglesia no se siente dueña de la Eucaristía, sino heredera y custodia de una tradición. San Pablo, en el año 55 escribía a los de Corintio corrigiendo algunas irregularidades en la celebración eucarística. Y no por "jorobar" a nadie, sino porque sólo somos transmisores del tesoro recibido y que nuestra misión será pasarlo a las futuras generaciones. El Concilio Vaticano II, ya afirmaba en esta linea que a nadie le es lícito cambiar ninguna cosa de la liturgia, especialmente en la celebración de los sacramentos.

Por último, respecto a las alegaciones presentadas en torno a la comunión sólo con vino porque contiene alcohol manifestar mi propio testimonio. En mis 17 años como sacerdote, siempre, he dado la primera comunión bajo las dos especies, y son muchísimas las que llevo celebradas y no conozco a nadie que, por haber bebido ese día un poco de vino, haya quedado marcado por ninguna alcoholemia ni nada parecido.

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