Cartas al director: Sánchez Arbós y otros olvidos

Víctor Pardo Lancina

La escuela infantil, la nueva guardería, se llamará “Las Pajaritas”, nombre que parece apropiado y en nuestra ciudad además, evocador. Pero la oportunidad de esta denominación no hace olvidar la ingratitud formal de la ciudad hacia quien fue artífice de su monumento más representativo y querido, Ramón Acín, quien todavía no ha merecido la dignidad de una calle o una plaza. Por fortuna, la iniciativa popular, incomprensiblemente desdeñada entonces por los regidores municipales del grupo de gobierno, promovió la colocación de una placa en la casa donde Ramón y Concha Monrás vivieron en la calle de las Cortes. Este gesto, y aun el hecho de que el colegio mayor universitario lleve el nombre del artista, no constituyen reconocimiento suficiente para una figura de la dimensión del autor de nuestras “Pajaricas”, como le gustaba decir. Y es que Huesca es ciudad ingrata con sus hijos y de flaca memoria, o quizá de memoria interesadamente selectiva.

Un discípulo de Acín, el también maestro Francisco Ponzán, anarquista como él y asimismo trabajador insobornable por la causa de la libertad, oscense por los cuatro costados aunque nacido en Oviedo, tampoco ha alcanzado el honor de una mención siquiera en el callejero. Ponzán, sin embargo, es un héroe en Francia donde su compromiso político, que le costó la vida en la lucha contra los nazis, fue reconocido y glosado por el Gobierno de la República. El Museo de la Resistencia de Toulouse dedica a Paco Ponzán un recuerdo emocionado en sus salas, gratitud impensable entre nosotros.

También Huesca es madrastra para otra gran maestra, María Sánchez Arbós, ignorada y preterida incluso en el mismo ámbito del magisterio -con la honrosa salvedad del Museo Pedagógico- por el que ella procuró con tanto afán. El descompromiso social y la vaciedad cultural dieron en bautizar un colegio como “Pirineos-Pyrénées”, antes que reconocer la enorme talla de Sánchez Arbós en el frontispicio de esa escuela pública. El Ayuntamiento, en realidad los grupos mayoritarios socialista y popular, de roma sensibilidad con la memoria y refractarios a la historia, no han querido reparar tampoco este olvido.

En los casi diez años de alcaldía de Fernando Elboj, quien ha asistido a cientos de misas, decenas de procesiones y miles de horas de fútbol en calidad de converso, no ha dedicado ni un solo minuto, ni un gesto elemental de comprensión y encuentro, hacia los protagonistas de un pasado tan luminoso como ahíto de dolor, un pasado construido por oscenses como Ramón Acín, Francisco Ponzán o María Sánchez Arbós -entre otros derrotados-, unos vecinos sepultados por la incuria y el olvido oficial. Durante todo este tiempo hemos visto cómo se ha rechazado el intento de honrar los enormes avances democráticos que trajo la República; cómo se ha obviado cualquier pronunciamiento contra la sublevación militar que provocó la Guerra Civil y la dictadura con su siniestro cortejo de víctimas; cómo se ha negado la revisión de un nomenclátor callejero en el que todavía comparecen los Voluntarios de Santiago, resuena campanuda la gesta heroica de Estrecho Quinto y los alcaldes del franquismo, por el hecho de serlo, titulan calles y avenidas. Diez años que no han sido tiempo suficiente para retirarle el título de hijo adoptivo de la ciudad al generalísimo Franco que, incomprensible y amargamente, comparte todavía hoy con el propio Elboj el sillón de máximo regidor municipal. Casi una década en la que el único guiño a la historia reciente -trocado, al fin y a su pesar, en mueca- ha consistido en encargar una escultura para el que fuera alcalde en dos tiempos de dictadura, Vicente Campo.

No obstante, es de justicia señalarlo, no todos los socialistas españoles son rehenes de la amnesia calculada, el posibilismo electoral y los inconfesables escrúpulos predemocráticos, no lo son las agrupaciones del PSOE de Binéfar o Sabiñánigo, tampoco las de Zaragoza, Cádiz o Alicante, Pamplona, Santiago de Compostela, Salamanca… pueblos y ciudades en los que se han propuesto el destierro de símbolos y figuras de aquella España secuestrada y militarizada, sometida. En Huesca, sin embargo, sigue instalado el olvido, y prohibida por decreto de alcaldía la memoria histórica.

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