Cartas al Director: “El aburrimiento de algo y el aburrimiento profundo”

Agustín MARINE

Presidente Asociación General de Productores de Maíz de España (AGPME)

¿Podría ser que la gente se aburriera? ¿No solo durante un rato, o en alguna visita enojosa, sino todo el tiempo y en cualquier lugar? ¿Es que no tienen nada interesante que hacer? O, por el contrario, ¿la gente va apurada, sin tiempo para descansar, con angustia para llegar a fin de mes, es decir, con verdadero estrés? ¿No podría ser que se pasara del estrés al aburrimiento, de manera que después de un esfuerzo operativo se cayera fatalmente en un aburrimiento total? Tal vez el que más estrés demuestra, el más activo y enérgico, sea al cabo de un rato el que más se aburre. Y lo que es peor, tal vez aburra también a los demás...Ya Martin Heidegger, en un curso que dio en Friburgo de Brisgovia en 1929 analizó este asunto a fondo y reconoció el “aburrimiento por algo” o el “aburrimiento de algo” frente al “aburrimiento profundo” –cuando uno se aburre ya del todo. De aquí viene, según él, el verdadero punto de partida de las preguntas fundamentales: ¿Vale la pena hacer algo? ¿Lo que estamos haciendo es lo correcto? ¿Nos interesa la realidad?

Pues a mí me parece que últimamente se nos ha puesto delante de las narices un asunto para que terminemos de una vez por todas con el aburrimiento. ¿No sabíamos qué hacer? Pues bien, les propongo ocuparnos en algo que nos dará trabajo para varios milenios: El cambio climático. Ahora mismo estamos inmersos en una civilización galopante, que consume sin parar los llamados “recursos fósiles” petróleo, gas natural, bosques). Estos recursos fósiles (más o menos antiguos) han reaccionado subiendo sus precios hasta niveles no asumibles. Tal vez este aldabonazo nos despierte de nuestro letargo histórico, del “aburrimiento profundo” en que estamos la mayoría y nos proporcione una buena ocupación para los próximos dos o tres milenios. Así es la vida: Hasta algunos se aburren con el dinero. Se lo juegan a la lotería, a la ruleta, a la bolsa o quien sabe donde. En el fondo se preguntan si podrían hacer algo positivo con él, pero no dan con ello. ¡Pues vaya! Fíjense que, si lo gastaran para arreglar el cambio climático, a los precios que estaba el petróleo cuando yo hice los números (1oo dólares el barril) ¡ya daba un 6 por ciento! ¿Cuánto daría ahora, que hablan de 135 dólares? Seguro que ya saldría un 8 o un 9. Vaya entretenimiento tenemos que nos va a quitar el aburrimiento para milenios, nos va a ocupar hasta las cejas, nos va a divertir, nos va a devolver un planeta habitable, y encima nos va a dar un 8 o 9 por ciento (¡y subiendo!). Esto es mejor que Jauja.

Se trata amigos de localizar (¡a por ellas!) trescientos millones de hectáreas para actuar. Allí debemos promover la fotosíntesis; o sea que el sol encuentre hojas suficientes para

transformar su energía en azúcares, proteínas y grasas, o sea en materia seca. Cuando consigamos que el suelo esté cubierto de hojas, de manera que no se vea la tierra, el proceso irá solo. La captación de la energía solar, la eliminación del anhídrido carbónico y la liberación del oxígeno será máxima si disponemos de agua suficiente para que la planta “no pare de trabajar”. Por segundo, por minuto, por hora, por día, se acumulará el azúcar en forma de materia seca en las plantas enteras. Y todo el carbono procederá de la atmósfera. En su lugar se redistribuirá el oxígeno químicamente puro, para que podamos respirar. No es una novedad. Siempre ha sido así. Se trata tan solo de un nuevo equilibrio. Con los 300 millones de hectáreas de nueva creación, que elaboren materia seca a tope, se puede retirar de la atmósfera todo el carbono que la civilización emite en demasía, y se alcanzaría el equilibrio. ¿Y el agua? ¿No será todo ello un dispendio insostenible, una intolerable agresión a los ríos, algo antinatural y del todo indeseable? Pues no. Toda el agua que se consagre a los 300 millones de hectáreas pasará a la atmósfera en forma molecular, y mejorará el ritmo de la lluvia futura. Las hectáreas toman el agua en préstamo, y la devuelven al sistema natural con considerables beneficios. La filtran y la convierten en molecular, para la generación de futuras lluvias. Las cosechas elaboradas en estas nuevas superficies irán directamente a sustituir el petróleo (que ya no se quemará) o a crear nuevos materiales que permitan un uso lento de la masa forestal del planeta: Se trata de mantener el bosque operativo por más tiempo (creando un recurso alternativo en las cosechas anuales de biomasa) y a la vez economizar todo el petróleo posible, fabricando combustibles verdes. Al final el balance que tenemos ahora, negativo, que añade anualmente 2 partes por millón de carbono a la atmósfera, se cancelará, y por lo menos vamos a detener el tren para que no vaya directamente al abismo.

Todo esto parece una caricatura. No lo es. Actualmente ya en China están reforestando en un programa que han firmado con la Unión Europea, más de 30 millones de hectáreas. Acaba de decir la Agencia Internacional de la Energía que hacen falta 29 billones de euros para lograr equilibrar el carbono. El modelo esbozado aquí puede llevarse a cabo con 14. En el Valle del Ebro pueden desarrollarse todavía 500.000 hectáreas de nuevo regadío, que es la mitad de lo que tocaría a España, si se prorrateara la superficie total que antes se ha apuntado. No es una veleidad aprovechar la masa vegetal del planeta para equilibrar el carbono y la lluvia: Promover la vegetación razonablemente en zonas donde no estaba o era muy deficiente es una solución real al problema energético actual. De esta manera se solucionará también el problema ecológico del cambio climático, que está sobre la mesa y es lo más grave que está pasando.

Teniendo este trabajo de encontrar las hectáreas, acondicionarlas, ponerlas a producir enormes tonelajes de material vegetal útil, no podemos aburrirnos. Además hay que readaptar toda la cadena transformadora actual, que parte del petróleo, para partir de la masa vegetal y fundar así una nueva civilización, esta vez, sostenible de verdad

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