Cartas al director : Antonio Villacampa, un hombre de confianza

Javier Gironella Falces

Periodista

Antonio Villacampa era lo mejor que les había pasado a la amplia familia de los Sanvicente desde que su tienda de la Plaza de López Allué abrió sus puertas al publico hace no se cuantos años. ¡Tantas veces se lo escuché al abuelo Víctor! Pero estos datos se pierden en la memoria y piensas que nunca te van a ser necesarios… Ahora me harían falta para pergeñar estas líneas de despedida a mi entrañable amigo Antonio. Un hombre callado, laborioso, escudado tras su gafas de concha, más bien de pocas palabras, pero que cuando las pronunciaba eran sentencias. No le gustaba la notoriedad, se auto escudaba en María Jesús, lo suyo era estar detrás del mostrador, seguir la estela del abuelo Víctor, prolongada en el relevo generacional de su hijo y nieto, aunque este relevo ha llegado demasiado pronto, no porque el nuevo cabeza de serie de los Villacampa-Sanvicente, no este preparado y mucho, hasta el punto que superará al abuelo y al padre, pero Antonio era Antonio. Punto.

No van estas palabras mías en demerito de los demás miembros de la familia, pero el que supo encontrarle el punto a eso que en mis tierras del Ampurdá, se les conoce como “botiguers”, fue Antonio. No podía tener María Jesús mejor compañero en la vida, siempre mantuve esta afirmación. Había que tener el temple, la sapiencia y paciencia de Antonio para atender a tan variopinta clientela, desde las amas de casa de mil pueblos del Alto Aragón que venían a por las especies y la receta para hacer el mondongo, a los encopetados periodistas del “Times” americano o el Presidente del Comité Olímpico Español.

Antonio se ha ido a treinta días de San Lorenzo. No sé si este año el escaparate de “La Confianza” lucirá el esperado blanco y verde de la albahaca y de las figuras que con primor preparaba cada año Antonio. Yo le pediría a María Jesús, a Víctor y a Susana, que aunque fuese reciclando de años anteriores, los escaparates luciesen las mejores galas. Me dejaría azotar, si no es eso lo que Antonio y el abuelo Víctor, que están juntos allá arriba, quieren y piden. Porque el dolor es mucho, la pena grande, su falta la sentiremos cada día, pero nadie nos podrá quitar, y yo personalmente, las muchas horas de grata conversación, de compartir mesa y mantel en los encuentro de Ayera o de pedirle consejo para escenificar algún acto en su carismática Bodega, que por cierto recuperó Antonio con su esfuerzo personal, sus manos y su eterna sonrisa.

Antonio, amigo entrañable, dale un abrazo a los abuelos y desde vuestro nuevo mostrador en el Cielo, atender a los que nos quedamos en esta tierra oscense.

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