“La maternidad de Elna”, nueva exposición en Robres

El Centro de Interpretación, Documentación y Estudios de la Guerra Civil en Robres acoge, la exposición fotográfica titulada “La maternidad de Elna”. La muestra está patrocinada por la Consejería de Cultura del Gobierno de Aragón y la Generalitat de Catalunya y permanecerá abierta los sábados y domingos, días 18, 19, 25 y 26 de octubre, en horario de 12 a 14 horas y de 16,30 a 18, 30 horas.

 

“La maternidad de Elna” y la de Elisabeth Eidenbenz, la joven maestra suiza que la puso en marcha y la atendió, es una historia llena de vida y luz en medio de la tragedia humana. El 26 de Enero de 1939, Barcelona cayó en manos de los franquistas. Empezaba el exilio. Era la huída de todo un país, más los millares de refugiados de todos los rincones del Estado español que se habían refugiado en Cataluña durante la guerra huyendo del ejército franquista.

En los campos de refugiados que habilitó el estado francés estaban internados los exiliados españoles de la Guerra Civil que vivían sin ninguna condición sanitaria, frío y mala alimentación y, entre ellos, mujeres embarazadas y niños. En estas circunstancias, numerosas mujeres ingresadas en los campos se vieron obligadas a dar a luz en pésimas condiciones. La mortalidad en tales casos era elevadísima. Ante tal situación, Elisabeth Eidenbenz, una joven maestra suiza que había seguido la guerra civil atendiendo a los niños refugiados en el lado republicano, organizó en una residencia campestre abandonada de la villa rosellonesa de Elna una maternidad en la que atender a las parteras procedentes de los campos y a sus hijos.

Aunque la mayor parte de los 597 niños nacidos en la Maternidad Suiza de Elna eran hijos de republicanas llegadas al exilio desde Cataluña, entre 1939 y 1944, también nacieron en ella niños judíos y de otras procedencias.

1939 derrota y exilio

El 26 de enero de 1939 Barcelona cayó en manos de los franquistas, y, tomada la capital, el resto del país se hunde. La ocupación del resto de Cataluña era cuestión de días.

Se inició entonces un éxodo sin precedentes en nuestra historia. Era la huida de todo un país, más los millares de refugiados de todos los rincones del Estado español que se habían refugiado en Cataluña durante los últimos meses huyendo del ejército franquista.

La guerra estaba perdida. Comenzaba el exilio.

Una oleada de fugitivos comenzó a presionar la frontera francesa. El día 27 de enero se permitió el paso a la población civil y a los heridos. Durante los días posteriores pasaron la mayoría de exiliados; en tan sólo tres semanas un total de 465.000 personas cruzaron la frontera. Los ministros Sarraut y Rucart del gabinete francés idearon una solución para digerir aquella marea humana. Los campos de refugiados de Argelès-sur-Mer y de Sant Cebrià de Rosselló fueron los primeros grandes receptores de este flujo migratorio, el mayor en la historia de nuestro país.

La retirada

Todos los caminos y carreteras que conducían a Francia estaban llenos de gente. Las principales vías de acceso eran los pasos fronterizos de Cervera de la Marenda, el Portús, el Coll d’Ares y la Guingueta d’Ix, aparte de todos los caminos y senderos de montaña repartidos por toda la línea fronteriza. Aquellos parajes fueron testigos mudos de un drama colectivo. La situación era desoladora. Por aquellas fechas la nieve incrementaba las dificultades; la falta de comida, las largas caminatas, las noches al raso... provocaban que centenares de personas murieran por el camino.

…carros que suben llenos y atestados de muebles, colchones e incluso jaulas para aves de corral. Cada carro es una familia que se va; cada hilera de carros es un pueblo que se vacía. (A. Rovira i Virgili)

Me veo obligado a huir de todo lo que amo y siento tanta rabia y pena que lloro con los ojos bien secos y no me dolería morirme. El Pirineo es ahora la grieta de la gran ruptura que deshace Cataluña y con ella nuestra vida. (Pere Calders)

Los campos de refugiados

El momento de la llegada a la línea fronteriza los exiliados lo llevarán marcado para siempre en la memoria con hierro candente. Todos recuerdan la decisión desesperada e inevitable de pasar al otro lado, de conceder a la nostalgia recién estrenada una rápida mirada hacia atrás, con la incertidumbre de quizá no ver nunca más los perfiles amados y de volver la vista hacia delante, donde sólo había una imagen y un sonido que los acompañarían durante mucho tiempo: los alambres de espinas de los campos de concentración y los «allez, allez» de sus guardianes.

Estábamos en Francia. Ya no temíamos los aviones, pero recuerdo que el corazón se me encogió: ¿cuándo volvería? Los gendarmes nos condujeron hasta la playa de Argelès. Allí sólo había arena. La arena y basta... (Remei Oliva, exiliada)

Los refugiados fueron conducidos principalmente a la zona del Rosellón, donde estaban los campos de concentración que albergaban a la mayoría de exiliados. Eran el de Argelès, el de Sant Cebrià de Rosselló i el del Barcarès, abiertos los días 5, 7 y 9 de febrero respectivamente; todos ellos muy cerca de la Maternidad de Elna.

Las condiciones de vida en estos campos eran muy duras, sobre todo al principio, cuando no había ninguna previsión de acogida para esta oleada de exiliados. La mayoría llegaban extenuados por la huida a pie, heridos por los bombardeos finales y muertos de frío por la lluvia y la nieve.

A finales de febrero de 1939, el campo de Argelès acogía a más de 80.000 personas y el del Barcarès, a 70.000. Todas ellas estaban confinadas en aquellas playas sin infraestructura.

Aquellos centres d’accueil se convirtieron en un calvario de alambres de espino, epidemias, hambre, frío, piojos... y desprecio. No había ni barracones, ni agua, ni letrinas, ni cocinas. Tan sólo alambres de espino, arena y mar.

Haber sido vencido no era suficiente... no hay barracones, ni madera para hacerlos, pero algo hay que hacer para los días ventosos y las noches frías. Con cuatro o cinco mantas es posible montar una chabola, si las cañas alcanzan para todos. Qué más da que las chabolas deban tener un techo tan bajo que sólo sea posible estar en ellas estirado o sentado. Hace frío, hace viento. ¡Que no llueva! ... los techos de mantas dejan pasar muy pronto el agua, y mientras dure la lluvia se tendrá frío y se castañetearán los dientes. La cama de cada hombre es la huella que su cuerpo deja en la arena... Al norte alambradas, al sur alambradas, al oeste alambradas, al este... todavía nos queda el mar... (Agustí Bartra)

Mujeres y niños en los campos de refugiados

En ese contexto las mujeres embarazadas tenían muchas dificultades para traer a sus hijos al mundo y que éstos sobrevivieran. Las mujeres embarazadas eran conducidas a los establos de las Hares, junto a la estación de Perpiñán. Allí, con una total carencia de garantías sanitarias, en medio de los excrementos y la paja, nacían los bebés.

A continuación, madre e hijo eran devueltos al campo de concentración sin establecer ningún protocolo de posparto que asegurara unos mínimos de supervivencia a los recién nacidos.

Pero las bajas temperaturas y la falta de agua potable para preparar los biberones sentenciaba a los recién nacidos a una muerte segura. Se morían de frío y de hambre, así de sencillo. Así de cruel.

A la Maternidad de Elna iban a parar centenares de madres y de niños procedentes de estos campos.

Había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se cansaba de tanto llorar, se dormía y ella lo apretaba contra con su cuerpo. Las mantas que tenían todavía estaban mojadas de aquellos días tan malos de febrero. Cuando salía el sol, enterraba al bebé en la arena dejándole fuera tan sólo la cabecita. La arena le hacía de manta. Pero al cabo de unos días el niño se murió de frío y de hambre.

Yo estaba embarazada y tan sólo de pensar que mi hijo nacería en aquel infierno ya me desesperaba.

Después de unas semanas, en el barracón de enfermería del campo encontré a Elisabeth Eidenbenz, o mejor dicho, ella me encontró a mí. Me propuso parir en una maternidad que ella regentaba, situada en Elna, allí mismo en el Rosellón. El día en que nació mi hijo en la sala de partos de la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todo el mundo pensaba que lloraba de emoción, pero tan sólo yo sabía que lloraba pensando en el niño enterrado en la arena de la playa de Argelès. (Mercè Domenech, exiliada)

La Maternidad de Elna

Entre 1939 y 1944, Elisabeth Eidenbenz, una maestra suiza, salvó la vida de 597 niños. Eran hijos de las exiliadas españolas que malvivían en condiciones penosas en los campos de refugiados republicanos de Sant Cebrià de Rosselló, Argelès, Ribesaltes y el Barcarès. Estas refugiadas tuvieron la suerte de ser acogidas en la maternidad que había creado Eidenbenz.

El carácter excepcional de esta maternidad reside es que gracias a su directora, Elisabeth Eidenbenz, y a su equipo se pudo salvar a estos recién nacidos de una muerte segura.

En los campos de refugiados el índice de mortalidad infantil superaba la estremecedora cifra del 90%. La apertura de la Maternidad de Elna justo en medio del éxodo permitió que estos niños nacieran lejos de la miseria de los campos.

La Maternidad de Elna fue una isla de paz en un océano de destrucción. (Elisabeth Eidenbenz)

Elisabeth Eidenbenz

Elisabeth Eidenbenz nació en Zurich en 1913. Trabajó como maestra en diferentes colegios de Suiza y Dinamarca hasta 1938, año en que se trasladó a Burjassot (Valencia) como voluntaria de la Asociación de Ayuda Suiza a los Niños Víctimas de la Guerra. Colaboró en labores de ayuda humanitaria durante la Guerra Civil española en la zona republicana e, inmersa en el éxodo, en 1939 pasó a Francia. Ha sido galardonada por el Gobierno de Israel por su labor a favor de los judíos, y en el año 2002 recibió la medalla de los Justos entre las Naciones.

Los años de la Maternidad de Elna han sido la etapa más importante de mi vida. (Elisabeth Eidenbenz)

Elisabeth era como un ángel bajado del cielo en medio de aquel infierno. (María García, refugiada)

Para compensar la pasividad de la ayuda social francesa hacia los refugiados, Elisabeth Eidenbenz impulsó desde la Asociación de Ayuda Suiza a los Niños Víctimas de la Guerra la creación de una maternidad a fin de asistir a las mujeres embarazadas recluidas en los campos de concentración de Argelès, Ribesaltes, Sant Cebrià de Rosselló y el Barcarès. Esta maternidad funcionó ininterrumpidamente hasta el año 1944, fecha en que el ejército alemán la clausuró. Por su condición de mujer, y sensibilizada por el sufrimiento de sus congéneres, creía que las exiliadas merecían parir con dignidad y que era necesario garantizar la supervivencia de los bebés.

Con un compañero periodista fotografiamos el estado lamentable de las mujeres embarazadas a punto de parir entre la paja de los establos. Cuando pedimos el permiso para abrir la maternidad, aquellas fotos intimidaron al prefecto. Europa no podía saber cómo trataba Francia a los refugiados españoles. Justo al día siguiente, tenía la autorización para abrir la Maternidad de Elna. (Elisabeth Eidenbenz)

La Maternidad

Elisabeth Eidenbenz y un reducido grupo de enfermeras materializaron la idea de la Maternidad, comenzando por la búsqueda de una casa adecuada.

El castillo d’En Bardou en Elna, un caserón deshabitado y muy próximo a Argelès, fue el lugar escogido. La casa se encontraba en bastante mal estado y Elisabeth consultó a la central de la Asociación si había recursos económicos suficientes para rehabilitar el inmueble. La Asociación de Ayuda Suiza consiguió 30.000 francos suizos para reparar el tejado y habilitar las tres plantas.

En el mes de diciembre del año 1939, la Maternidad de Elna, con Elisabeth al frente, abría las puertas.

Era una casa bellísima, perfecta para la maternidad que yo había pensado. (Elisabeth Eidenbenz)

El 7 de diciembre de 1939 nacía Josep Molina, el primero de los 597 bebés que vieron la luz en la Maternidad.

Las madres ingresaban cuatro semanas antes del parto y volvían al campo cuatro semanas después. A veces, dependiendo de si quedaban plazas vacías, las estancias se alargaban, sobre todo en invierno. También se cobijaban niños más grandes, los hijos de las mujeres embarazadas que estaban con ellas. Durante el parto y el posparto, estos niños se recuperaban físicamente de los estragos sufridos.

Cuando llegamos a la Maternidad nos recibió su directora, Elisabeth, con un afecto y una cordialidad que nos llegó al corazón. Veníamos de pasar muchas penurias y tratos vejatorios en los campos y cualquier trato especial nos parecía una cosa especial. (Remei Oliva, exiliada)

El funcionamiento interno de la Maternidad era sencillo. Las propias madres, según su estado físico, se encargaban de los trabajos domésticos de la casa, y para las labores sanitarias había tres enfermeras voluntarias de nacionalidad suiza, con preparación pedagógica y sanitaria, una comadrona externa y un médico eventual para casos de urgencia. Además, la logística de la Maternidad estaba asegurada mediante el suministro periódico de alimentos y material, traído desde Suiza en camiones de la organización, que aprovechaba los corredores sanitarios abiertos por la Cruz Roja Internacional en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

La señorita Isabel nos explicó las cuatro normas y nos dijo que las mujeres que nos encontráramos bien y con ánimos podríamos colaborar en las labores de la casa.

Quien pudiera planchar, que planchara, quien estuviera más fuerte, que fregara las baldosas, los platos, la cocina… trabajo había para todos. (Joana Pascual, refugiada).

A finales del año 1941, al ver las limitaciones de sus recursos financieros y debido a la gran actividad de nacimientos, aceptó el ofrecimiento de la Cruz Roja suiza para integrarse en este organismo. El nuevo acuerdo entró en vigor en enero de 1942 y la Maternidad Suiza de Elna pasó a denominarse Maternidad de la Cruz Roja Suiza. Elisabeth Eidenbenz continuó al frente hasta la Pascua de 1944, cuando el ejército alemán clausuró la institución.

La Maternidad de Elna

A finales de la década de 1990, el edificio de la Maternidad fue reconstruido por François Charpentier, un artesano vidriero que buscaba un caserón en el que instalar su taller. Es a mediados del año 2001 cuando por azar conoce a uno de los niños de Elna, Guy Eckstein, de ascendencia judía, que le relata todo el pasado de aquel edificio. Juntos comienzan a reconstruir la historia buscando al alma máter de aquellos años, a Elisabeth Eidenbenz. Es en 2002 cuando desde la alcaldía de Elna, con su alcalde, Nicolás García al frente, se impulsa un homenaje institucional a Elisabeth, a quien el Memorial Yad Vashem otorga ese mismo año la medalla de los Justos entre las Naciones.

Desde entonces, la Maternidad de Elna y su historia han sido llevadas con una extremada sensibilidad hacia la recuperación de la memoria histórica en territorio francés. El pasado 14 de julio el Ayuntamiento de Elna adquirió el edificio, confiriéndole una titularidad municipal que garantiza no sólo la perpetuidad de las instalaciones de la casa, sino también la continuidad de la labor social que Elisabeth Eidenbenz inició hace 65 años.

Testimonios

Pau Casals, el músico del Vendrell, enviaba dinero a las madres que parían en la Maternidad de Elna. Casals expresaba su voluntad de ayudar a las exiliadas y también el agradecimiento a la labor de Eidenbenz.

Los niños de Elna:

Mi madre me dio la vida en la Maternidad de Elna y Elisabeth Eidenbenz la confianza en el género humano. (Serge Barba)

Al cabo de pocos días sufrimos una epidemia de gripe y los bebés iban perdiendo peso porque tenían fiebre y vomitaban todas las mamadas. Elisabeth hizo venir a un pediatra de Perpiñán que visitó una por una a todas las criaturas. Con los medicamentos adecuados, al cabo de unos días se curaron todos.

Pensé que habíamos vuelto a nacer. En el campo, aquella epidemia no la habríamos superado. (Remei Oliva, exiliada)

La señorita Elisabeth era una mujer de mucho carácter. Se cuadraba con los propios gendarmes y, cuando venían a buscar a una madre que ya había parido para devolverla al campo, si ella veía que todavía no estaba en condiciones, los echaba afuera a gritos diciendo: «Esto es Suiza». (Joana Pascual, exiliada)

Comentarios