Un par de consideraciones gastronómicas

Luis Laiglesia

La prestigiosa Guía Michelín ha vuelto a premiar el buen hacer de dos restaurantes de la provincia como son Las Torres y la Taberna de Lilas Pastia, reconociendo, además, con una estrella otro establecimiento como es la Bal D’Onsera, este ubicado en Zaragoza.

Ahora llegan los peros y las críticas a los críticos que han vertido en la guía sus propias críticas sobre lo comido y bebido en los establecimientos valorados.

No querría yo entrar en ese juego, pero no puedo por más que echar en falta un reconocimiento mayor a la cocina de la Venta del Sotón, un establecimiento que ha mantenido su nivel y su calidad, pese a su lucha perenne contra los elementos, internos y externos, que de todo ha habido en la larga historia del Sotón.

Con esto no quiero poner en duda la valía de las estrellas otorgadas, pues son merecidas, pero sí querría poner de manifiesto la laguna que la Michelín tiene con el establecimiento de Esquedas, no sé si por desconocimiento o porque, simplemente, ningún inspector ha visitado el restaurante en cuestión.

Pero más allá de lo que da o deja de dar la dichosa guía, el sector de la hostelería, y en especial el de la restauración, tendría que hacer una reflexión muy seria de hacia dónde va y la oferta que propone en la provincia de Huesca. Digo esto después de degustar 10 platos de lujo en cuanto a materia y elaboración se refiere en una reciente cena que siguió a un taller que impartió en Huesca el Chef Iñigo Lavado. Foie, Vieiras, atún rojo y otras exquisiteces por 60 euros, esa es la propuesta de Lavado también en su restaurante de Irún. Todos los territorios están espabilando, incluso los que considerábamos más caros están ajustando sus precios y adaptándose a una nueva realidad, mientras que en la provincia no veo que se den pasos en ese sentido y el mercado, créanme, es un verdadero déspota en este sentido.

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