Cartas al Director: Mosén Lemiñana, in memoriam

Antonio Torres, Presidente provincial del PP-Huesca.

La grandeza de algunos hombres reside en una absoluta ausencia de ostentación. Son de una naturaleza tan modesta que viven el propio protagonismo con cierto fastidio; cuando las circunstancias les llevan a dar un paso hacia delante, asumen resignados ese liderazgo como una muestra de amor a sus semejantes. La pérdida de José María Lemiñana nos ha devuelto la exacta dimensión de sus obras. Estoy seguro de que el mosén me habría censurado de atribuirle en vida la condición de hombre imprescindible. Nada me impide reivindicar ahora su memoria de aragonés irremplazable.

Es natural que nos conmueva el recuerdo de aquel cura subido a los andamios: he conocido a poquísimos sacerdotes que, como él, fueran capaces de decir misa y repicar la campana al mismo tiempo. Como tantos otros, fui testigo de su destreza como albañil; su compromiso con la catedral de Roda estaba hecho de devoción, sí, pero también de callos. Le vi, literalmente, barriendo los aparcamientos; es normal que me emocione la imagen de un mosén que, además de lavar el alma de sus paisanos, limpiaba la basura de sus turistas. Abría el museo y lo cerraba, y entre una cosa y otra amenizaba la visita con la música que interpretaba. Es, como digo, un testimonio que pueden dar muchos. Estoy convencido de que se escribirán sobre él páginas tan amenas como enriquecedoras, y apelo a cuantos le conocieron para completar el perfil más íntimo de José María Lemiñana.

A mi vez, me obligo a adoptar una perspectiva que, erróneamente, podría parecer más fría. Me refiero a su reivindicación de la identidad aragonesa. Y hablo de un tiempo en que los tres términos —reivindicación, identidad y Aragón— eran concebidos como una abstracción y rara vez aparecían juntos. No es suficiente agradecer su defensa: lo justo es atribuirle, además, el valor de los precursores. La actitud de mosén Lemiñana fue moralizante en el más noble sentido de la palabra: le dio un valor ético a la reconstrucción de nuestro patrimonio. Sujeto a la disciplina de la Iglesia, la quiso más próxima a unos fieles que vivían con extrañeza su vinculación a la diócesis de Lérida. No titubeó ante nadie al exigir que los Bienes volvieran a sus propietarios originales: los pueblos de Aragón son dueños de administrar, sin intromisión ni tutela, sus tesoros emocionales. Como diputado autonómico, sería irresponsable negar trascendencia al debate político que, durante las últimas décadas, viene configurando la identidad de nuestra comunidad. Precisamente por ese motivo, resultaría infame silenciar el ejemplo de mosén Lemiñana. Convendrá que nuestra historia oficial incorpore de inmediato a esos luchadores que, lejos de arrojarse piedras, levantan con ellas las catedrales perdidas. Que, no contentos con debatir, lo hacen ahí donde podría resultar incómodo. Y, si los políticos incurriéramos en un discurso autocomplaciente, convendrá que nuevos héroes anónimos enarbolen la memoria de José María Lemiñana.

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