Vacaciones en Paz

Marta Allué

Gracias al programa “Vacaciones en Paz” y a la Asociación de Amigos del Pueblo Saharahui “Alouda” muchas familias altoaragonesas vivimos un verano diferente, una experiencia maravillosa y enriquecedora con el acogimiento de niños procedentes de los campos de refugiados.

Mana nos cautivó desde su llegada, iluminando cada día del verano con su sonrisa y sus enormes ojos negros y nos demostró todo lo que podemos aprender de una niña que con tan sólo 9 años tiene más vivencias que muchos adultos del primer mundo.

Cuando no se tiene prácticamente nada, cualquier pequeño detalle se agradece como un tesoro y ésa es una lección que muchos habíamos olvidado en una rutina consumista y absurda en la que lo verdaderamente importante pasa a un segundo plano.

Auténtica enseñanza de vida para los mayores, pero sobretodo para los hijos de las familias de acogida, en muchos casos niños eternamente insatisfechos porque nada les parece suficiente, sus ropas o zapatillas de marca, sus nintendos o video consolas, sus ordenadores o sus móviles.. y que de pronto tienen el privilegio de convivir con otros niños para los que nadar en una piscina, montar en bicicleta, ir de vacaciones a la playa, jugar en un parque, ir al cine, subirse a una atracción de feria o comerse un helado o una “chuche” son experiencias desconocidas. Por no hablar de ese agua que sale al instante de nuestros grifos y esos milagrosos interruptores con los que siempre se hace la luz.

Durante los meses de julio y agosto son muchas las personas que me han comentado lo inapropiado de este acogimiento, porque consideran que es "ponerles un caramelo en la boca para luego quitárselo". Imagino que este tipo de opiniones se dan desde el más absoluto desconocimiento y desde el convencimiento de que a los más pobres, es mejor mantenerlos en su miserable vida, que nunca conozcan “lo bien que vivimos”, porque eso les provocará frustración.

Yo quiero pensar que sacar a los niños en verano del desierto del Sahara donde se llegan a registrar 60 grados de temperatura, con unas condiciones de vida durísimas, donde para subsistir se depende de organizaciones humanitarias o de la colaboración de familias de acogida, donde para beber hay que ir buscar agua a los pozos y la atención médica es escasa o inexistente, no sólo les va muy bien sino que ojalá pudieran ser muchos más niños los acogidos. Además no dudo de que para ellos es todo un aliciente y motivación saber que después de unos meses volveremos a recibirlos con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos.

Evidentemente es un minúsculo grano de arena el que ponemos porque el problema de fondo, como casi siempre, radica en los intereses políticos y en eso lamentablemente poco podemos hacer, sólo rogar encarecidamente a los responsables gubernamentales de los países implicados como Marruecos y a la ONU, que de una vez por todas solucionen el conflicto saharahui que dura ya más de 30 años.

Por desgracia, los intereses políticos mandan y lamentablemente el futuro de más de medio millón de refugiados, en un remoto rincón argelino, de un enorme desierto africano no le importa a casi nadie, no tiene interés mediático, no es noticia en los informativos y por tanto el futuro del pueblo saharahui lo decidirán algún día un grupo de jerifaltes sentados en cómodos sillones de algún lujoso hotel europeo a los que el Sahara les queda muy lejos.

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