Ya hemos vuelto

Nuria Garcés

Caras de sueño, bostezos delante del tazón con cereales o la tostada del desayuno, legañas mientras se ponía las zapatillas de deporte, la primera riña porque el chaval quiere ir a clase con la camiseta del equipo de fútbol y, hombre, hoy que es el primer día, ve un poco decente, hijo. La mochila todavía con poco peso. Ayer no encontró ninguna goma que echar al estuche, empezamos bien. Ya saldrá hoy bien llena del cole, con todos los libros que habrá que empezar a forrar esta misma noche, que vaya "trabajito" para los padres y madres.

Y salen del cole también con la consabida lista de material que hay que ir a comprar rápido, hoy mejor que mañana: lapiceros del nº 2, gomas, tijeras de punta roma, papel Pinocho, pinturas de cera, una carpeta de anillas, diez fundas de plástico, láminas de pintura, rotuladores de punta gorda, cartulinas de colores tamaño din-A 4, cuadernos del nº 46, un punzón, una alfombrilla, pegamento de barra, un diccionario de español... y así, casi, casi, hasta el infinito. Como infinitas son las colas en las librerías, vaya desespero.

Son días un poco de locura. Hasta que llegue el primer fin de semana, paremos, hagamos un ejercicio de reflexión y nos centremos. En lo que tenemos y lo que nos falta. En las horas de irse a dormir y las de levantarse, en los almuerzos y meriendas que hay que volver a preparar. En que hemos entrado de nuevo en una rueda rutinaria y apasionante, en la que hay que ilusionar a nuestros hijos sobre lo que tienen ante sí: la posibilidad de disfrutar, de aprender mucho, de divertirse... y todo ello rodeado de profesores, de amigos y, por supuesto, de nosotros.

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