Cartas al Director: En memoria de Arturo Bosque Foz

José Luis Sánchez Sáez

Siempre me ha parecido que podríamos volver a empezar, Arturo.

Siempre había pensado que, en el caso de que nuestra democracia corriera graves riesgos, sería cuestión de ponerse de nuevo manos a la obra, contigo, para reconducirla contra todos los miedos, (por supuesto que incluso los nuestros), contra los abusos de poder.

Siempre me había parecido que si las cosas se torcían demasiado sería posible volver a vivir contigo, aquel vértigo del que participamos, sí vértigo… aquel que, por fortuna, ahora queda tan lejos… que parece como si de un sueño se hubiera tratado….

Siempre lo había pensado… hasta hoy.

A partir de ahora serán los recuerdos, la espléndida memoria que has dejado como parte de aquella generación, que se encontró, que nos encontramos, con la necesidad de elegir entre…. dejar pasar las cosas… o forzarlas. Sí, a partir de ahora debería apelar… a la memoria que has dejado como parte de aquella generación que tuvo, que tuvimos, que elegir entre… ser espectadores protagonistas.

Porque… es que hay vidas… y vidas. Unas permanecen secuestradas, alienadas, gregarias, siempre con el yugo puesto; mientras que otras son arquetipo de autoconciencia, partícipes de ese ser colectivo que da cuerpo al existir y que se condensa… temporalmente en unos nombres, en unos apellidos, y que a la vez fluyen, y se difunden, y penetran en el todo social; y lo cambian, y lo dirigen, y lo transforman.

Arturo controló siempre su vida de una insólita manera, y cambió y transformó su entorno, ejerciendo una especial forma de racionalidad, como era la suya. Para él no había distancia alguna entre las conclusiones de su razonamiento y los hechos del día siguiente; es más, la conclusión siempre debía tomar la forma de algo factible… para ponerlo en práctica él. En ese hacer, carecía de rubor alguno, llamaba e inquietaba a los que pretendía despertar sin reserva, sin fronteras, sin cautelas. Procuraba la clara visión de los intereses de los que tenía a su lado. Decidía colectivamente, con un extremado respeto por la opinión de los compañeros de viaje. El riesgo de que las fuerzas de los que tenía enfrente fueran mayores, no pesaba demasiado, pues estaba todo por definir, por corporeizar… Arturo personificaba la negación radical del elitismo y del narcisismo. Arturo no reconoció otra autoridad que la del razonamiento y la solidaridad.

En su juventud la religión, inyectada en vena por aquella España dominada por la caspa, la violencia, y la ignorancia, le hicieron tomar un camino… del que sus hormonas pudieron sacarle a tiempo.

Tras su matrimonio, la razón, le llevó a escapar de la gran ciudad, pues sabía que la vida pasa… Se vino a las montañas… y estas le dieron la felicidad con su esposa y empezaron a nacer sus hijos que le obligaban a renovar, año a año, su tarjeta de felicitación para Navidad, siempre llena de sonrisas.

En la transición democrática fue un luchador, que de nuevo con la razón por delante impulsó, como nadie, la participación sindical y política. Desde su sitio, entre los trabajadores, junto a los explotados económica y culturalmente. Dio forma a su sueño durante muchos años y corporeizó la racionalidad militante, como nadie. Estaba donde había que estar, en las organizaciones sociales, el primero, arrastrando, empujando… con su interpretación de lo justo e injusto. Eran tiempos aquellos, en los que había que esperar los frutos… pero… para Arturo no llegaron suficientemente maduros.

Sí llegó para él la decepción, el paso atrás, el distanciamiento. Sus razonamientos aceptaban difícilmente el gradualismo, el “tempo de lo posible” aceptado en la práctica, y mucho menos toleraban sus razonamientos, en la gente próxima, el oportunismo de algunos, la corrupción de otros. El vacío que dejó en la participación fue tan importante como su anterior impulso. Creo, sin embargo, que en sus últimos años se abrió un punto al posibilismo.

Ha combatido, hasta el último momento, la fabulación, el engaño milagrero, la explotación de la credulidad, en ejercicio de su innata rebeldía contra la impostura.

Le llegó la bendición de sus nietos… y con ellos cada año, una sonrisa nueva que incluir en la tarjeta de Navidad. Se convirtió en artesano captando imágenes instantáneas… de forma que trenzando sonrisas infantiles… las convertía en perennes y eternas…. Era feliz paradójicamente, practicando esa magia.

Al final se dedicó a buscar la verdad entre las estrellas. Y entre ellas ha quedado prendida su mirada… enredada entre las constelaciones… como parte del polvo cósmico de las nebulosas…

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