Cartas al Director: Todos los nombres

Víctor Pardo Lancina, periodista

El clamoroso silencio que ha recibido la reciente propuesta del grupo municipal de Izquierda Unida en torno a la memoria de los represaliados por el franquismo durante la guerra y la posguerra, bien podría indicar una tácita aceptación general y un definitivo reconocimiento cívico e institucional para estas víctimas olvidadas. A muchas familias, a muchos ciudadanos, nos gustaría que así fuera, y que al fin, un memorial recogiera todos los nombres de los fusilados, de los “paseados”, de los hombres y mujeres asesinados en las tapias de nuestros cementerios o en las cunetas de caminos como el de Apiés, por ejemplo. Sus deudos podrían entonces depositar unas flores y dignificar el recuerdo de estos seres queridos que, además, de este modo dejarían de ser anónimos.

Huesca ha sido muy cicatera con la memoria de los vencidos, el ex alcalde Fernando Elboj, en particular, se mostró siempre refractario a cualquier recordatorio u homenaje. Alguien podría decir que ya hay monumentos que los evocan, pero tamaña afirmación no sólo no es cierta, sino que además supone una burla grotesca y un elocuente desprecio.

El conjunto levantado por el escultor Ángel Orensanz en el parque municipal allá por los años sesenta, fue diseñado, moldeado y financiado para realzar los valores fascistas y el esfuerzo de los luchadores de un bando, el sublevado, frente a la iniquidad de las “hordas rojas”, como escribió un cronista con motivo de la inauguración de la escultura el 9 de agosto de 1963. Cuatro figuras componen el tal monumento para representar “al Ejército, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, la población civil y un adolescente simbolizando a la joven España”. El valor mítico, la significación de este “haz de impulsos hacia lo alto”, como señalaba con sublime estilo el mismo gacetillero, no se ha perdido ni aún sustituyendo las leyendas que aludían al cerco de Huesca por otra dedicatoria que pretende aliviar malas conciencias al señalar escueta y ambigua: “A los oscenses muertos”. Muchos de esos muertos durante la Guerra Civil, cuya cifra probablemente nunca llegaremos a conocer, fueron asesinados por ese mismo ejército, por la Falange, por sus buenos vecinos y por la idea sectaria de aquella “joven España”. ¿Qué clase de indignidad es ésta que iguala víctimas y verdugos? ¿A quién representa ese ideologizado “haz de impulsos” sino a los mismos que promovieron su erección?

No menos obsceno es el mal llamado “monumento a los caídos” que se levantó en el cementerio municipal. Monumento a los caídos que en realidad sólo recoge en una placa al pie el nombre del alcalde fusilado Manuel Sender. Pero lo que abochorna, el incomprensible escarnio a la memoria, lo materializa la gran cruz que preside el monolito, la imagen de una Iglesia que bendijo los asesinatos en nombre de la cruzada, justificó a los ejecutores y nunca se ha arrepentido de su insoportable papel como agente activo de la contienda y después legitimador de una dictadura militar a la que ensalzó y paseó bajo palio. Todo aquello, precisamente, contra lo que luchaban esos “caídos” doblemente proscritos bajo un símbolo que les es ajeno y hostil.

Con la aplicación estricta de la Ley de la Memoria Histórica, estos hitos del régimen franquista y sus secuelas deberían desaparecer de nuestro paisaje, como también la cruz que corona Estrecho Quinto, levantada igualmente a mayor gloria de los militares insurrectos, del inclemente bando golpista.

Por estas razones y aun otras muchas que podrían aducirse, es oportuna la propuesta de recoger en un memorial los nombres de todos los asesinados por su defensa de la legitimidad del Gobierno de la República; los nombres de los perseguidos y muertos por no adherirse a las tesis franquistas, los nombres de los perdedores. Urge levantar una estela, un pedestal… configurar un irrenunciable lugar de memoria y dignidad, un ámbito, en fin, contra el olvido y la incuria.

Tan necesario como la depuración definitiva de los nombres de personajes de ese régimen de oprobio que todavía perduran en las calles de la ciudad. Nombres de alcaldes sin otro mérito que el de haberlo sido por designación directa de los prebostes del caudillo, jefes locales de la funesta Falange y unidades militares o agrupaciones de civiles militarizados, destacados en la gesta heroica de oponerse a la legalidad vigente.

Convivimos con abundantes adherencias del inmediato pasado, restos de un naufragio social, político y cultural del que todavía no nos hemos curado: franquismo sociológico bendecido por la Conferencia Episcopal, que oxida la calidad de esta democracia tan cargada de prejuicios y rémoras.