Pequeñas cosas…Trashumante

Cristina Pérez Diego

En verano sube a puerto, en invierno baja al llano. El con su soledad a cuestas y la compañía de las ovejas. La lección bien aprendida de casa: busca refugio al primer trueno y aprovecha el sebo y el pan porque habrá días de hambre y si la lluvia arrecia échate por encima el plástico que la lluvia cala los huesos y si llega el oso, no te enfrentes, escapa coge al perro y, luego, cuenta las ovejas porque seguro que el miedo ha hecho despeñarse a unas cuantas, consejos…pero nadie le alertó de la soledad.

Ser pastor de los de antes suponía llevar a la soledad como compañía y acabar hablando con la tierra en una conversación íntima, con pocas palabras y la mirada fija en el horizonte, esperando alguna mañana ver asomar a otro compañero de trashumancia. Si llegaba ese momento, compartirían tabaco, trago de vino, harían cuentas del tiempo que les queda y las pesetas que llevarían a casa y se intercambiarían las últimas noticias. Que si el dueño del ganado estaba en la capital y si Aurelia la de casa Cosme había tenido gemelos mientras el marido estaba en el monte y el Pascual que, harto de esa vida, cogió el petate y marchó no se sabe donde, para intentar engañar al destino.

El pastor trashumante era como el paisaje: algo lejano y desconocido que marcaba el cambio de estación. Solo el paso por las cabañeras reales de los pueblos lo convertía en centro de atención. Y, el pastor, como si nada , observaba a los vecinos de reojo asombrándose de su asombro ante el paso de las ovejas y la disciplina del perro mordiéndoles las patas para que ninguna se salga del camino. Tras de si dejaba un olor incómodo para la nariz de los urbanitas y un rastro de bolitas negras que ofendían a las calles acostumbradas a basuras de otro tipo.

En verano sube a puerto, en invierno baja al llano. Y en casa cuatro días para reconocerse como miembro de una sociedad de hombres y mujeres. Luego vuelta al rebaño, al otro rebaño.

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