Poesía, naturaleza y origen pirenaico, en la entrega del XIV Premio Ángel Crespo

“Cuando la política se mete en las entrañas de la sociedad, la vida social se vacía completamente”. Es la idea que lanzaba Raúl Gabás, traductor benasqués galardonado con el XIV Premio de Traducción Ángel Crespo, y a la par, conclusión que refleja la obra por la que ha sido premiado; “Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán”, de Rüdiger Safranski, quien invita a la distinción del sentimiento y la política en el nacional socialismo alemán.

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Gabás, catedrático de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde actualmente ejerce como profesor emérito, recordaba su pasado como pastor en Cerler, su población natal, marcando de por vida, su espíritu poético. El también traductor, declaraba que el galardón, otorgado por una comisión de entendidos que reconoce y valora su estilo, de da ánimos para seguir.

Gabás tildaba la traducción como una actividad muy solitaria, aunque matizaba, “compensa, y te hace mucha ilusión, cuando viajas, y encuentras en el país menos esperado un libro que tradujiste en Cerler”.

En su intervención en la gala de concesión del premio, realizada en un escenario como el Ateneo de Barcelona, el filósofo hacía un guiño a su tierra de origen, a la mirada de la luna y al símbolo de vida inmortal y de totalidad de la vida por el que se siente atraído; las cascadas. Fuente de vida eterna originada por “la valentía de las gotas que no perecen en la pradera y engendran el torrente inmortal”.

Del mismo modo, hacía gala de la quinta esencia. Aquella que invita a olvidarse de sí y entregarse a la vida, alcanzando ese bienestar que se obtiene al dejarse envolver por la totalidad de la vida. Presumía el traductor benasqués de un valle, el de Benasque, en el que poder entregarse a la vida, a la naturaleza, y donde confesaba haberse regenerado y recuperado la imaginación tras largos paseos.

A la luna, compañera solitaria del traductor, cercana y lejana al mismo tiempo, dedicaba Raúl Gabás los siguientes versos en la gala de entrega del premio.

La luna llama a mi ventana

con sus dedos de luz prestada.

Llama con unos golpes suaves,

que no quieren sobresaltarme.

Llama con una luz que apenas

se distingue de las tinieblas.

Con unos golpes tan sutiles,

que apenas si pueden oírse.

Con una cadencia monótona

que en el claro cristal redobla.

Es una llamada que oculta

lo que quiere de mí la luna.

Es una llamada que dice

Lo que yo no quiero decirme.

(Antología poética, 1949-1995, Cátedra, Madrid 2009, pág. 424).

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