Un día nevó...y algo fue diferente

Cristina Pérez Diego

Un día nevó y algo fue diferente. Hasta ese momento, en el alto del valle, la nieve era sinónimo de estorbo, de la vida aislada, del frío hasta en los huesos y de un auténtico gran problema. Cuando asomaba la borrasca el pueblo se encerraba en casa; puertas y ventanas bien ajustadas para que no entrara ni un copo de nieve . La nieve era un auténtico gran problema.

Pero un día nevó y algo fue diferente. Fue diferente porque, un loco llamado Antonio Fanlo recogió el testigo del abate Gaurier y decidió probar y desde el instante en el que se deslizó con esas rudimentarias tablas por la nieve, el pueblo y el valle empezaron a mirar a la nieve de forma diferente.

La nieve ya no era tanto un enemigo a batir , sino más bien un terreno a descubrir. Y como todo descubrimiento, al principio, estaría lleno de escépticos , de los que no sabían ver más allá de la borrasca y de los caminos cortados. Gentes que, probablemente, tendrían miedo a enfrentarse a una ladera si no era para dirigirse a una meta concreta. Porque los primeros esquís fueron a la nieve (en menor medida) lo que las navatas a los ríos bravos: una forma de comunicarse y de transportarse aprovechando el medio natural, con una buena dosis de ingenio y , por qué no, de valentía.

Esos primeros esquís en 1912 en el Valle de Tena, fueron el encendido de la mecha que todavía permanece cien años después. Unas montañas que aprendieron a alejarse de la servidumbre y a potenciar los servicios.

La nieve, un siglo más tarde, le debe mucho a ese mes de enero de 1912, a las buenas relaciones entre ambos lados de la frontera, a las ganas de crecer y desarrollarse. El Valle , que hasta entonces estaba casi únicamente apoyado en la ganadería, supo subirse a un tren que, de entrada, parecía un imposible y que a fecha de hoy, se ha vuelto imprescindible en nuestra vida.

La nieve, qué duro vivir entre nieve. Pero un día volvió a nevar…y algo fue diferente.