Los Mercaderes del Templo

Josan Montull Uno de los episodios más impactantes que encontramos en los evangelios es la expulsión de los mercaderes del Templo de Jerusalén. Jesús aparece en la escena visiblemente enfadado y enarbolando una cuerda que, a modo de látigo, utiliza para que vendedores y cambistas salieran del recinto sagrado. Lo cierto es que aquellos tipos no estaban haciendo nada ilegal: unos vendían animales para ser sacrificados en el altar, otros cambiaban moneda romana por dinero del Templo, ya que en el interior no podía entrar ninguna imagen, y la efigie del César estaba en cada moneda. No haciendo, pues, nada ilegal, aquella gente se embolsaba una sustanciosa pasta a costa de exprimir la fe de la buena gente que, en su sencillez, querían dar lo mejor a Dios y para ello tenían que pagar a los vendedores y cambistas que especulaban con la fe de los humildes haciéndose de oro. La irritación de Jesús fue absoluta. Les llamó ladrones y les echó del Templo con una actitud que sorprendió a todos. He recordado este momento de la vida de Jesús a raíz del desalojo que han sufrido un grupo de 25 desahuciados de sus casas que se habían encerrado en la madrileña catedral de la Almudena. Los encerrados manifestaban que querían permanecer en la Almudena "hasta ser recibidos por representantes cualificados del Ejecutivo central y del poder judicial, así como por el gobernador del Banco de España y por la Defensora del Pueblo". Entre estas personas había dramas estremecedores de hambre, de miseria y pobreza repentina provocada por las deudas. Esta plataforma denunciaba, además, que cada día 50 familias madrileñas son echadas de sus casas por las deudas contraídas con los bancos. Eran las víctimas de una crisis económica que arrastra las vidas de seres humanos con nombres y apellidos, con familias, historias, hijos que educar y mayores que cuidar. Allí estaba Francisca, parada, cuyo marido, repartidor, ingresa 800 euros para una hipoteca de 900 euros. Pablo y Gladys, ecuatorianos de 65 y 61 años, que adquirieron una casa de la que ya han sido desalojados junto a su hijo mientras el banco les sigue reclamando 110.000 euros. También estaba Eubilio, Billy, cura de la parroquia de san Fermín en la Cañada Real, que comparte la fe y la vida con la gente de su barrio. El encierro duró tan apenas dos horas. Tras una orden eclesiástica, la policía les desalojó dando una imagen que hacían muchos años que no se veía en España. Es cierto, durante el franquismo los templos se convirtieron con frecuencia en reductos de libertad donde albergarse para la protesta. La Iglesia de aquel momento apoyó muchas de estas reivindicaciones pacíficas que auguraban un futuro democrático. La noticia de la Almudena pasaba inadvertida; mientras muchos españoles se preparaban para animar a la selección en la final de la copa de Europa, salían cabizbajos los 25 hombres y mujeres tras ser identificados. Animados por los amigos que habían quedado fuera iban saliendo uno a uno. En la calle 20 furgones policiales montaban guardia para evitar incidentes. Ya sé que no debe ser nada fácil para los responsables de catedral manejar esa situación. Ya sé que el lugar elegido para el encierro podría haber sido un banco, la sede de un sindicato, de un partido político o de un ministerio. Ya lo sé. Pero la imagen de la policía desalojando a estas personas de un templo me produce una gran tristeza. Me gustaría de verdad que la jerarquía de Iglesia cerrara filas y se colocara siempre al lado de los empobrecidos denunciando valientemente a los que causan la pobreza. Me gustaría que los obispos, todo a una, escribieran un comunicado condenando a los que han provocado la crisis, denunciando que un sistema capitalista como el nuestro necesariamente engendra pobreza y miseria. Triste imagen ésta de ver a 25 personas saliendo de una catedral obligados por la policía. Lamento que, mientras esto ocurre, haya banqueros que se han jubilado con sueldos multimillonarios e insultantes cuando ha arruinado legalmente a tantas personas. Cómo han cambiado los tiempos. Hace dos mil años era Jesús quien echaba del Templo a los especuladores que se aprovechan de la gente humilde; ahora son los especuladores los que echan a los humildes de sus casas y hasta de los Templos. Hoy no me extrañaría que Jesús de Nazaret, que ni nació ni murió en una casa, se encerrara con los desahuciados en una catedral, no en vano siempre estuvo al lado de las víctimas y dijo que cada ser humano es Templo de Dios. Con acciones así, de muchos recintos sagrados acabarán desalojando al mismo Cristo.

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