El Club Montisonense de Montaña, de senderismo por el Valle de Pineta

Una docena de senderistas del Club Montisonense se trasladaban al Valle de Pineta para pasar una agradable jornada. Partían de Monzón a las 7.00, con muchas dudas sobre la meteorología. Al parecer, por la noche había nevado en la alta montaña, y las agencias pronosticaban una mañana fría, con nieve, para pasar al mediodía a un ambiente desapacible y ventoso.

Tras tomar rumbo hacia Ainsa, la silueta del Pico Cotiella y de la Peña Montañesa ya bien blancas les ponían los pelos de punta pensando cómo estarían los pueblos más próximos al cordal pirenaico. Aunque el colorido otoñal de los valles distraía estos pensamientos y les hacía sonreír al ver esos abedules tan amarillentos entre los verdes pinares. No se amedrentaron y decidieron probar fortuna, por si acaso llevaban un “plan B”, aunque deseaban ver la blanca nieve y pasear por los altos valles donde todo toma una dimensión tan bella y emotiva como salvaje y dura.

Subieron a Bielsa donde tomaban el café, y enseguida se dirigían a la localidad de Espierba, bello núcleo de casitas que salpican las laderas soleadas de Pineta. A sólo unos cientos de metros en dirección noroeste, una pista cerrada a la circulación les exigía dejar los coches y colgarse la mochila. A partir de ahí, tocaba calentar los músculos a base de andar por pista hacia el collado de Espierba, donde ya hacía acto de presencia la nieve. Enseguida se daban cuenta que esta jornada iba a ser muy especial, pues ni el blanco elemento dificultaba el andar, ni soplaba viento en la cresta. Todo un buen augurio que se confirmaba cuando el sol comenzaba a calentar y hacía resplandecer las puntas de los pinos donde esos copos se habían acumulado graciosamente.

Siguieron por la divisoria entre Pineta y el valle del Río Real ó de Chisagües, y el panorama comenzaba a ser fabuloso: aparecía el altivo y piramidal pico Robiñera, de más de 3000 m. de altitud, blanco como una novia y dominante sobre el valle, pero a medida que ganaban altura aún se sentían más sorprendidos con el inmenso macizo del Monte Perdido, las Tres Marías, y en resumen, toda una multitud de picos nevados allí donde miraran. La estampa semi invernal era el mejor regalo que podían esperar, después de tantas dudas.

Como no se conformaban con subir esa loma salpicada de hermosos pinos, siguieron ganándole terreno a la montaña hasta allí donde la vegetación era ya sólo la hierba de los agostados pastos, cubierta del blanco manto nivoso. La proximidad del Pico Comodoto, de 2.370 m., hizo que la mitad del grupo se decidiera a subirlo, y así, tener aún mejor perspectiva. Desde el alto vieron ya los llanos de La Estiva entre barreras rocosas, a modo de ancho canal al que bajaban de inmediato disfrutando de la nieve, de las carreras de alguna manada de sarrios, del vuelo del quebrantahuesos sobre sus cabezas y de la inmejorable compañía.

En definitiva, el grupo disfrutaba de una agradabilísima mañana en la que el frío nunca les hizo sufrir, y el sol, de vez en cuando, les animaba el rato.

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