Batucada, Acordeón y Xilófón

Francisco Vázquez Duarte

Le dicen “batucada”, cuando paseo por los Porches de Galicia- me comenta un chaval-. Se me antoja como un ruido atronador de bongos y tambores extraídos del África más profunda, aunque sus aporreadores tienen más pintas de Banastás o del mismísimo Almudévar .Más que sonido musical me recuerda una tormenta ruidosa interminable , ataque frontal a todos los oídos de los paseantes que les miran con cara de asombro, acomplejados ante la duda de no tener la suficiente sensibilidad musical para comprender este ruido ensordecedor, cuya cadencia unilateral se repite hasta el vómito en esta preciosa mañana de sábado.

Voy corriendo hacia la Plaza de Navarra creyendo librarme de esa especie de terrorismo del tambor, cuando me aborda un extraño con una acordeón bien pertrechada disparándome corcheas y fusas directamente al tímpano, sin ningún pudor, sin ninguna melodía recurrente, solo ruido sin orden ni concierto. Le echo una moneda en la caja que tiene en sus pies con el propósito de que se aleje de mi maltratado oído, dándome las gracias, no escapando, sino inflando el fuelle hacia mi cara y disparando más ruido incomprensible, más alto, más potente. Se me escapa una sonrisa fingida- tipo político de turno-, a la vez que acelero el paso estando casi seguro que salir de la Ciudad será un buen remedio a semejantes ataques. Paro en el semáforo de la calle Zaragoza esquina con Cavia, el compañero del acordeonista puesto en aviso, se me acerca con una flauta tipo xilofón de afilador agrediéndome una vez más mi maltratado tímpano, sin piedad, desafiante ante mi mirada de cordero degollado.

A éste ya no le doy moneda- me digo enfadado-, que aprenda por lo menos algo de música. Unos policías locales que pasean por el lugar me miran con complicidad sin saber que decir, pensando o recordando si existe alguna ordenanza municipal vigente sobre ese ruido contaminante de los espontáneos rumanos y colegas africanos. Ya por la carretera de Sangarrén comprendo que la lógica y el sentido común están de vacaciones en estas mañanas que el caduco otoño nos regala con un paréntesis de luz y buena temperatura. Me pregunto si no sería mejor que llamasen a las puertas de Cáritas, del banco de alimentos, o de mi mismísima puerta para hacerles saber que soy capaz de pagar un impuesto anti-terrorismo de estado, del estado de paz y sosiego que nos merecemos disfrutar y que estos personajes nos roban. Espontáneos, aprendices de instrumentos musicales, fabricantes de ruido contaminante, por favor, déjenos descansar en paz, y vendan sus instrumentos a algún profesional, alumno de conservatorio o similar. Aprendan música por favor. Gracias mías y de mis colegas los oídos. Un saludo musical.

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