Homilía del Obispo de Huesca y Jaca en la misa Crismal

+ Julián Ruiz Martorell,

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Obispo de Huesca y de Jaca

Celebramos hoy la fiesta de la unidad diocesana, unidos a todo el Pueblo de Dios.

Esta Misa es la expresión de nuestra recíproca comunión. Es la fiesta de la fidelidad sacerdotal, es la renovación de una gozosa y total fidelidad a Dios, a la Iglesia y a los hombres.

Es también la fiesta de la bendición de los óleos y la consagración del santo crisma, a través de los cuales se seguirá construyendo la unidad diocesana, el Pueblo Santo de Dios, la Iglesia peregrina.

1) Queridos hermanos sacerdotes. Muchas gracias por vuestra generosidad. Muchas gracias por vuestra disponibilidad. Muchas gracias por vuestro espíritu de sacrificio. Muchas gracias por vuestra paciencia. Muchas gracias por vuestra austeridad. Muchas gracias por vuestra pobreza. Muchas gracias por la limpieza y transparencia de vuestros corazones.

Soy consciente de las limitaciones de nuestra pastoral. Todos conocemos el proceso avanzado de envejecimiento de la población de nuestra diócesis. Conocemos las dificultades crecientes para encontrarnos con los jóvenes. También es difícil llegar al corazón de los niños porque están dispersos en medio de muchos elementos que reclaman su atención. Es duro celebrar en templos fríos donde acuden pocas personas. Pero de entre todos los nombres con los que invocamos a Jesús (le llamamos Señor, Salvador, Redentor, Cristo, Mesías, Hijo de Dios, Maestro…) “éxito” no es su nombre. Aunque tampoco lo es “fracaso”.

Es el Señor de la esperanza. El que da razón y sentido a cada uno de los latidos de nuestros corazones. Es nuestro hermano inconfundible, que nos ama, nos llama, nos acompaña, nos orienta, nos alienta, nos alimenta, nos perdona, nos anima. Es nuestro mejor amigo: nuestro confidente, nuestro mejor consejero, la lámpara para nuestros pasos, la luz en nuestro sendero.

2) Jesús nos hace partícipes de su misión. La identidad y la misión que hemos escuchado en el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor (…) para consolar a los afligidos”.

El profeta también anuncia: “Vosotros os llamaréis "Sacerdotes del Señor", dirán de vosotros: "Ministros de nuestro Dios"”, un ministerio que consiste en hacerse menores, servidores.

En el libro del Apocalipsis hemos escuchado un mensaje que orienta definitivamente nuestro sacerdocio: “A aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha (…) hecho sacerdotes de Dios, su Padre. Á Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. No a nosotros, sino a Él le corresponden la gloria y el poder. No a nosotros, sino a Él, que nos ha amado precedentemente sin merecimiento por nuestra parte. No a nosotros, sino a Él, que ha derramado su sangre en perdón por nuestros pecados.

Nuestra tarea también la podemos sintetizar con las palabras del salmo: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”, ser testigos elocuentes, convencidos y convincentes, de la misericordia del Señor, de su actuación en la historia para convertirla en acontecimiento de salvación.

El comentario que Jesús realiza en la sinagoga de Nazaret es nítido: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. En primer lugar, nos habla de actualidad: es el “hoy” de nuestras circunstancias personales y diocesanas, el hoy de nuestra realidad parroquial y comunitaria, el hoy de nuestros retos y posibilidades, de nuestros desafíos y capacidades. Jesús menciona la Escritura como dibujo por escrito del proyecto de Dios en medio de nosotros, con nosotros y para nosotros. Y es una Escritura que se cumple, que alcanza su plenitud, que llega a su cumplimiento. No es sólo una proyección de buenos deseos. En Cristo se cumplen los antiguos oráculos de los profetas. En Cristo culmina el sendero iniciado por los patriarcas peregrinos. En Cristo se hacen realidad los textos sapienciales. Cristo es la poesía bíblica en persona. Cristo es el nombre de los salmos. Las experiencias de oración, de dolor, de sufrimiento, de regocijo, de alabanza, de silencio, de gratitud, que reflejan los salmos son también experiencias vitales y de oración que en Cristo, con Cristo y por Cristo, la Iglesia hace suyas en la oración litúrgica. Y a este cumplimiento de la Escritura se accede a través de la escucha. Es preciso oír, mejor, escuchar, puesto que escuchar no es sólo percibir materialmente sonidos, sino captar con atención un mensaje que nos concierne y nos invita a caminar tras las huellas de Jesucristo.

3) Dentro de unos momentos renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovar no significa repetir. Tampoco quiere decir “hacer de nuevo”. Renovar significa “hacer nuevas” las promesas, devolverles su brillo y esplendor.

Renovamos nuestra promesa de unirnos más fuertemente a Cristo y configurarnos con Él, renunciando a nosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los deberes que, por amor a Cristo, aceptamos gozosos el día de nuestra ordenación para el servicio de la Iglesia.

Renovamos nuestra promesa de permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración de la Eucaristía y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas

Pediremos a todo el pueblo que rece por nosotros para que el Señor derrame abundantemente sobre nosotros su bendición, de modo que seamos ministros fieles de Cristo Sumo Sacerdote, y conduzcamos al pueblo a Él, única fuente de salvación.

Y rezaremos también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico que se me ha confiado, y sea imagen cada vez más viva y perfecta, de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos.

4) Vivimos en la Iglesia una etapa marcada por los signos de esperanza, protagonizados por el Espíritu Santo, a través de la persona del Santo Padre Francisco. Sus gestos y sus palabras nos acercan más a Jesucristo, nos permiten escuchar y anunciar el Evangelio sin glosa. Y también nos comprometen. Sinceramente, nos comprometen mucho para vivir nuestro sacerdocio desde unas determinadas actitudes de sencillez, humildad, austeridad, servicio incondicional. El Santo Padre nos ayuda y compromete a no buscarnos a nosotros mismos, a servir y a no desear ser servidos. Nos anima a perdonar, a disculpar, a olvidar las rencillas, los agravios, a caminar ligeros de equipaje.

El Santo Padre Francisco nos está comunicando, con sus gestos y palabras, una experiencia vital, una actitud de servicio, de proximidad, de austeridad. Pero hay un elemento muy importante: el Santo Padre nos comunica un ideal dinámico, que nos impulsa a cambiar, a ponernos en camino.

En su primera homilía centraba su atención en tres verbos: “caminar, edificar, confesar”. Y recordaba que nuestra vida es un camino, y cuando nos paramos, algo no funciona. Hemos de caminar siempre en presencia del Señor, a la luz del Señor. Hemos de edificar como piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu. Edificar sobre la piedra angular que es el mismo Señor. Y confesar a Jesucristo. El Papa Francisco ha repetido con fuerza que Cristo es el centro, Cristo es la referencia fundamental, el corazón de la Iglesia.

5) En nuestro caminar para confesar a Jesucristo, la Iglesia se va edificando con la gracia del Espíritu Santo, a través de los sacramentos, algunos de los cuales tienen hoy un especial protagonismo en la bendición de los óleos.

El óleo de los catecúmenos es como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Mediante esta unción, que se recibe antes incluso del Bautismo, nuestra mirada se dirige a las personas que se ponen en camino hacia Cristo, a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios.

El óleo de los enfermos nos acerca a tantas personas que sufren: los hambrientos y los sedientos, las víctimas de la violencia en todos los continentes, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el corazón desgarrado.“…para curar los corazones desgarrados”, nos dice hoy la primera lectura del profeta Isaías (61,1). El anuncio del Reino de Dios, de la infinita bondad de Dios, debe suscitar ante todo esto: curar el corazón herido de los hombres.

El más noble de los óleos eclesiales es el crisma, mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales, que se usa en el Bautismo, la Confirmación y el Orden sacerdotal. Hemos sido ungidos para servir, para anunciar el evangelio de la esperanza, para caminar por los senderos de la historia prendidos y prendados de la promesa de Dios, para edificar la Iglesia como piedras vivas y para confesar a Jesucristo con nuestra vida.

Pedimos al Señor que nos dé fuerza para escuchar su palabra, para acoger también las enseñanzas del Santo Padre y seguir el ideal dinámico que el Papa nos propone de caminar tras las huellas de Jesucristo.

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