Ascensión al Aneto del Club Montisonense de Montaña

Paso de Mahoma montañeros Aneto

Un grupo compuesto por siete hombres y una mujer del Club Montisonense de Montaña realizaban la ascensión al Pico Aneto. Partieron de Monzón la calurosa tarde del 15 de junio hacia Benasque, siguiendo la carretera hasta los Llanos del Hospital y una vez llegaron ahí encontraron la primera dificultad: el deshielo estaba siendo tan fuerte que había inundado literalmente el valle, formando un precioso lago en donde antes había un prado.

Como no podían seguir por carretera, dejaron los coches junto al Plan d’Están, viéndose obligados a cargar un poco antes las mochilas a la espalda y, con cierta prisa por llegar al refugio a cenar, tomaron la senda de invierno que sorteaba neveros y barranqueras hasta alcanzar el lugar donde reposarían antes de la “batalla”. Mil metros más arriba, las erizadas cumbres relucían al atardecer mientras les daban la bienvenida.

A 2.140 m. de altitud, el guarda de La Renclusa Antonio Lafón y todo el grupo les acogieron con el buen ánimo que les caracteriza. Es un lugar donde se respira ambiente montañero, donde todo el mundo tiene algo que hacer y el tiempo pasa deprisa.

Al día siguiente, domingo, 16 de junio, tuvieron que madrugar, y a las 5,30h ya estaban colocándose los crampones a la puerta del refugio. Enseguida las luces de los frontales se encendieron, y como si fuesen una hilera de luciérnagas, fueron trazando el camino; unos al Pico de La Maladeta, otros al Aneto… era el momento de sudar la camiseta, de no pensar más que en dosificar las fuerzas, y de tener el ánimo a tope para luego poder disfrutar.

El amanecer nada frío les trajo algunas nubes y alguna ráfaga de viento, pero eso no les preocupaba; pasaron el Portillón (2.900 m.) antes de dos horas bajando unos metros hasta la larga traza de nieve pisada que atraviesa el glaciar, y cada cual luchando como podía, le fueron ganando terreno al glaciar, bajo las crestas imponentes del pico Maldito y sin perder la mirada de la montaña que preside el fondo del circo.

Las laderas inclinadísimas del último trecho, llamado “revientachulos”, no eran un obstáculo; habían ido hasta ahí para llegar a lo más alto, a disfrutar de la inmensa panorámica del techo de los montes malditos que tan temidos fueron antaño y que ahora, a las cuatro horas escasas de ascensión, tenían delante de sus narices.

El Puente de Mahoma, que Albert de Franqueville en la primera ascensión al Aneto bautizó como el estrecho paso para llegar al Paraíso, fue el último punto que puso a prueba la tenacidad del grupo, y sobre todo, su valor montañero. Cada cual a su manera, agarrados al duro granito, dieron ese último paso, lo que les permitió conquistar el Aneto y bajar con la sonrisa en la cara, con la felicidad de haber compartido esos momentos, y la sensación de que cuando has estado en un sitio así, siempre lo querrás, respetarás y cuidarás.