El valle del río Isábena y Vadiello, últimos destinos del CMM

El Club Montisonense de Montaña (CMM) continúa con sus salidas de los fines de semana que les lleva por distintos puntos de nuestra geografía. Las últimas: la ascensión a la Ermita de la Virgen de las Rocas de Güell o el descenso del barranco de Vadiello.

Doce senderistas del Club Montisonense de Montaña realizaban una bonita ruta por el valle del río Isábena, basada en la ascensión a la Ermita de la Virgen de las Rocas de Güell. El punto de partida fue un cruce de caminos en las proximidades del núcleo de Güell, desde donde caminaban por una pista que bordea la finca de San Pelegrín, bonita casa señorial rodeada de viñedos.

A medida que iban ascendiendo, el grupo podía observar el imponente Morrón de Güell, sobrevolado incesantemente por una pareja de quebrantahuesos que seguramente anidaban en sus paredes. Sin dificultad ninguna, fueron ganando altura hasta alcanzar la ermita, que si bien tiene una parte en ruinas, sirve de buen mirador hacia el valle donde destacan los robledales que están cambiando de color, y por supuesto las ya citadas paredes del Morrón, muy llamativas por su verticalidad y por los árboles que logran prosperar en las casi inhóspitas grietas y barranqueras.

Como era una excursión muy sencilla, les quedaba tiempo para sentarse en un prado de hierba seca a comer el bocadillo, donde la montaña les protegía del intenso viento que soplaba en el valle. Cuando decidían regresar, se encontraban con algunas matas de endrinas bien maduras que recogían contentos, con la idea de hacer un poco de pacharán casero.

Por esas mismas fechas, otro grupo del Club Montisonense de Montaña se acercaba a Vadiello a descender este largo barranco, ya que a partir del próximo 1 de diciembre, queda prohibido su descenso y el de sus vecinos por la cría del buitre.

La expedición realizaba la aproximación desde Santa Eulalia la Mayor para evitar la fuerte subida desde el pantano. De esta manera, el ascenso es mucho más llevadero. Destacables son, además, las excelentes panorámicas que brinda la zona, teniendo como telón de fondo Fragineto y el ya nevado Pirineo.

Durante todo el barranco realizaban oposición incluso en largos destrepes que, dada su estrechez, permiten el uso de esta técnica y no la del rápel. La angosta grieta de impermeable conglomerado hacía que las gorgas estuvieran llenas de agua y se remojaran desde el inicio.

Se trataba de un descenso muy deportivo, puesto que requiere resistencia física dada su longitud y número de rápeles (sobre 19, el más largo de 22 metros). Para salir, remontaban entre gigantescas paredes el barranco de Isarre pasando por la ermita de San Chinés para llegar al coche habiendo recorrido un total de 13 kilómetros y medio durante toda la jornada.

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