Emocionante y pasada por agua circular al Congosto del Ventamillo del CMM

El Club Montisonense organizaba una ruta muy especial, pero a la hora de partir de Monzón llovía sin cesar, presagiando una muy mala jornada. A pesar de ello, se subieron a los coches y se agarraron a la fortuna por si acaso eso cambiaba. Hicieron una larga parada en el camino a tomar un café, esperando que amainara el temporal, pero por las ventanas de la cafetería sólo se veía caer gotas de agua sobre las encharcadas calles. Por tanto, la llegada a Seira no fue nada triunfal ni animada; las caras eran bastante largas.

Empujados por la tozudez, se calzaron las botas y, tomando por inseparable compañero el paraguas y el impermeable o capa, comenzaron a andar cruzando el puente sobre el río Ésera y dirigiendo sus pasos hacia Seira el Viejo. El objetivo: realizar una ruta en la que ascenderían bordeando el cañón excavado a lo largo de siglos por las bravas aguas del río Ésera, hasta llegar a El Run; cruzar el río por su puente, y de nuevo, regresar por la margen contraria por una serie de fajas colgadas del acantilado, y ver desde arriba el estrechísimo congosto.

Eran un grupo de diez los valientes, los que pacientemente avanzaban sobre el encharcado sendero sin pararse a pensar lo más mínimo en las dificultades que pudieran surgir. Confiados en sus fuerzas y en la experiencia, pronto se darían cuenta que caminar bajo la lluvia tiene algo de melancólico, pero mucho más de exquisitez, pues las plantas mojadas y las montañas envueltas por las nubes parecían dar más “ambiente”.

La primera parte del recorrido es un camino y senda que sube poco a poco y que no ofrece ninguna dificultad técnica. Atravesamos el núcleo curioso de Seira el Viejo, sin necesidad de utilizar los bastones que desde el principio fueron sustituidos por el mango del paraguas, envueltos por la neblina mientras arreciaba la lluvia para que no nos quedase ninguna duda que habría que ser valientes de principio a fin.

Minuto tras minuto, kilómetro a kilómetro, ganaban terreno a la montaña hasta rebasar la fuente de Escanarells, en la que poco hubo que beber con la que caía, dejando de lado el mirador de la Peña del Sol, ya que no iban a ver nada desde allí. Era hora de bajar por un sendero lleno de hojarasca entre los robledales, un precioso y blandito trazado que en pocos minutos les condujo al fondo del valle. Precisamente entonces, unos rayos de sol asomaban entre la niebla y, como bendiciendo su esfuerzo, les regalaban unas bellas imágenes del valle y las nubes pululando entre las montañas.

Junto a la misma senda está la Ermita de la Virgen de Gracia, de estilo lombardo y una auténtica joya constructiva. Aprovechaban este bello y escondido rincón para hacer la foto de grupo, ya que había parado de llover; a pocos metros estaba el pequeño núcleo de El Run, donde repusieron brevemente energías sin permitir que el frio se apoderase de sus piernas, así que continuaron la andada cambiando de margen del río.

Al tiempo que regresaban al punto de partida, en esta margen podían disfrutar de más diversidad de plantas, de una senda aún más exquisita y de unas panorámicas más amplias. La parte alta del cañón estaba nevada, recordándoles que el invierno está a punto de apoderarse del valle. Había dejado de llover; la alegría brotaba por sí sola y ahora sí, se alegraban de no haberse rendido ante la adversidad. Caminaron bajo los árboles por un sendero verde, un “túnel” de plantas de boj, la hiedra trepando por los pinos y los robles y el musgo sobre las rocas convirtiendo la montaña en un paseo verde y tierno.

El último trecho era una pista sin dificultad, que serpenteaba ladera abajo en busca de su destino final, Seira, al que llegaban en un total de seis horas de andada, sin tener que otra cosa en la mente que lo que habían disfrutado de este día tan colorido y otoñal. Seguro que les servirá de ánimo para la próxima, el 1 de diciembre, a los Mallos de Agüero.

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