El Virtuoso Javier Artigas en el órgano de Berdún

Con Javier Artigas, la Iglesia de Santa Eulalia de Berdún acogió las diferencias y similitudes de ‘El seiscientos organístico en la Península Itálica y Los Reinos de las Españas’, quinto concierto del XXIII Festival Internacional En el Camino de Santiago que organiza la Diputación Provincial de Huesca. Junto al maestro Artigas, otro protagonista, el órgano de Berdún que ya pasa los 275 años de antigüedad, 25 desde su última restauración, como bien recuerda el organero José Antonio Añaños.

El concierto mostró musicalmente la relación entre la música española y la italiana durante el siglo XVII. “De cómo algo que comienza siendo paralelo se va poco a poco escindiendo y produciendo una nueva y diferente música al dictado de las evoluciones artísticas diferentes”. Habilidad artesanal, capacidad intelectual, sentimiento subjetivo y fidelidad a las obras fueron algunas de las grandes bazas con las que Artigas contaba para su interpretación y desarrollo de tales enunciados.

Al modo de las Vidas Paralelas de Plutarco, las composiciones fueron desfilando en parejas: Hernando de Cabeçon (1541-1602) y Peter Philips (1561-1627), Sebastián Aguilera de Heredia (1561-1627) y Giovanni Maria Trabaci (1575-1647), Francisco Correa de Arauxo (1584-1654) y Girolano Frescobaldi (1583-1643), Jusepe Ximenez (1600-1672) y Michelangelo Rossi (1601-1656), Pablo Bruna (1611-1679) y Bernardo Pasquini (1637-1710), más un par de obras de Juan Cabanilles (1644-1712).

Semejante repertorio dio como resultado un ejemplar castillo de responsabilidad musical, una fortaleza arquitectónica y sonora realizada a la medida del órgano de Berdún, que a la vez sirvió para que Javier Artigas conjugara su batuta interior con lucidez, maestría y elegancia, interpretación histórica conmovedora y bien ornamentada, por donde desfiló intelectualidad y vigor, extravagancia y ostentación a la par que devoción. Los bises, danzas de manuscrito: ‘Folías de España’ y ‘La nariz a palos’, en perfecta ejecución.

Además, el otro protagonista, el órgano —“emblemático, volviendo a lo que había”, recordaba Artigas—, contaba con una importante ventaja que va siempre consigo: como ningún otro instrumento, está unido al espacio que lo circunda. Como si fuera un ser vivo, su despliegue sonoro reaccionó a la acústica de la Iglesia de Santa Eulalia, conformando con ella toda una unidad. El edificio fue el que sonó y con él, su comunidad, su villa y los espectadores y espectadoras que se dieron cita, que pudieron disfrutar de un concierto redondo, sin fisuras, bello, sereno y honesto.

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