Salida del Club Montisonense de Montaña a los Ibones de Remuñé

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En su última salida, y con la temporada de caza ya en marcha, un grupo del Club Montisonense de Montaña decidía subir al más alto Pirineo para evitar percances, y de paso, visitar uno de los rincones menos conocidos y frecuentados que sus vecinos valles de Eriste, Ballibierna o Estós: el valle de Remuñé, al que accedían partiendo de la carretera de los Llanos del Hospital, justo en aquel tramo carretero que termina en la nada, quizá a las puertas de un soñado túnel que comunicase el valle de Benasque con el vecino francés de Luchon.

Gracias a la estupenda señalización de senderos con la que cuenta actualmente Aragón, no tuvieron problema en localizar el cartel y las marcas de pintura que les conducirían a una zona de alta montaña, cuya exquisitez radica en gran parte en la soledad de unos parajes agrestes y verticales, pero en cuyo discurrir no faltaban el agua, los prados y algunos pinos negros bien desarrollados.

El objetivo era visitar los ibones de Remuñé, que se encuentran perfectamente escondidos tras una mole rocosa valle adentro. Partieron un total de once senderistas; algunos son montañeros de muchos años y todavía no han visto nunca estos pequeños lagos. Es la gracia del montañismo, que siempre hay algo pendiente y que atrae la atención; una potente seducción en busca de lo desconocido.

Partieron a buena marcha ascendiendo rápidamente a la vez que las nubes cubrían por completo el cielo y amenazaban con arruinar el día. Pero no fue así, puesto que apenas cayeron unas cuantas gotas para entretenerles un poco en correr a tapar las mochilas, y de nuevo proseguir acalorados bajo el chubasquero sin que el agua diese más la nota. Al contrario, puesto que el día siguió cálido y agradable como para detenerse a echar un bocado, y al poco rato, alcanzaban el primero de los ibones situado en una ladera del valle. El capricho de la naturaleza le hacía casi invisible y sus mansas aguas producían un espectacular reflejo cual si fuera un espejo donde las montañas se miran para ver lo guapas que son.

No perdieron muchos minutos en este lugar ya que querían ver el segundo ibón antes de que lloviera, así que anduvieron apenas diez minutos y se situaron sobre un mirador, bajo el cual el Ibón grande de Remuñé les regalaba una panorámica magnífica de aguas azul verdoso, bajo cuya transparencia se descubren las rocas gigantescas caídas de los picos vecinos. Unos sarrios huyen enseguida al oir tanta bulla y se agruparon para verlos cómo progresan ladera arriba como si no se cansaran nunca.

Tras pasar ahí un rato –para comerse el bocadillo, hacer fotos con el lago de fondo y otear los alrededores-, regresaron a los coches, bajando entre los canchales hasta alcanzar el sendero de subida, en medio de un bonito prado. Un puente de madera les servía para cruzar las frescas aguas y así, contentos del día que tuvieron, finalizaron la excursión que duró tan solo cuatro horitas.

Como habían terminado pronto se fueron a comer a Eriste, que es algo que no suelen hacer pero que viene muy bien para hacer más fuerte la amistad; uno de los objetivos que pueden conseguirse en las actividades de montaña.

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