El amor y la justicia en Cáritas

Jaime Esparrach

El amor y la justicia son dos virtudes sociales que rigen las relaciones entre las personas, pero tienen distinto fundamento y alcance. La justicia aspira a dar a cada uno lo suyo; el amor busca el bien y la felicidad del amado, más allá de toda justicia.

El ser humano suele considerar la justicia como su virtud de máxima perfección, la más excelsa para regir las relaciones humanas, pero es porque defiende lo suyo y no quiere que nadie se lo arrebate; por ello consiente en respetar “virtuosamente” lo ajeno para que los demás respeten lo suyo. Sin embargo, la justicia sólo supone un freno para que, en su afán permanente de buscar su propio beneficio, no llegue el ser humano a oprimir o perjudicar a otros, pero no le añade la más mínima perfección pues, aun siendo justo, seguirá siendo egocéntrico con tendencias egolátricas.

Con ese modelo de perfección, centrado en la justicia, el hombre tiende a configurar la religión bajo ese mismo criterio, concibiendo un ídolo a semejanza humana, esto es, un Dios egocéntrico, defensor de lo suyo, de su poder y su gloria, a la manera de un monarca poderoso, legislador y juez justiciero, que exige sumisión y obediencia a sus súbditos con la promesa de premiarles si son sumisos y cumplen sus normas o condenarles duramente si no lo hicieran. Así configurada la religión se convierte en una relación individualista con la divinidad, despreocupada del prójimo y centrada en el precepto, el dogma y la liturgia.

La Buena Nueva que Jesús nos reveló es que Dios es ante todo un Padre amoroso, que no defiende lo suyo, que se da por entero, que no busca de nosotros sólo justicia sino amor y que sólo por medio del amor alcanzaremos nuestra plenitud, esto es, unirnos a Dios correspondiendo a su amor con el nuestro, siendo imposible amar a Dios sin amar a todos sus hijos. Al poner en el amor, y no en la justicia, la máxima perfección humana, la religión se sitúa en un plano superior a los meros criterios humanos, con verdadera potencialidad transformadora del hombre, que deja entonces de ser egocéntrico, de buscar tan sólo su propio interés, para poner el centro de su existencia en Dios y en sus hermanos; se des-vive de sí para vivir en ellos; ya no busca su propio beneficio sino el provecho de los que ama; ya no pretende solamente la justicia, sino la felicidad de todos; ya no espera contraprestaciones a su entrega sino que se goza en la gratuidad. Y superado su egocentrismo, el ser humano alcanza sin más la justicia, sin que tenga que estar luchando de continuo contra sus tendencias a quebrantarla; porque, para el amor, la justicia es una obviedad, ya que quien ama lo da todo y no puede soportar que su amado sufra injusticias.

El único mandato que Jesús nos dio fue que nos amáramos los unos a los otros y que en eso se conocerá que somos sus discípulos. En consecuencia, toda persona que se caracterice por su amor a los demás es seguidora de Cristo, y a la inversa, si no nos amamos, por mucho que proclamemos nuestra fe en Jesús, no seremos discípulos suyos.

Cáritas Diocesana de Huesca se constituye así en el organismo oficial de la Iglesia en la Diócesis para dar testimonio de la Buena Noticia del Amor de Dios y canalizar las manifestaciones del amor al prójimo, volcado hacia los últimos y excluidos, de toda la comunidad cristiana y aun de toda la sociedad, para que, al menos, se realice la justicia de todos, la justicia que exige la dignidad de todo ser humano, vulnerada por una sociedad que descarta y excluye a los más débiles. Porque quien ama no puede tolerar injusticias en su amado. De aquí el lema de Cáritas: “Trabajamos por la justicia”, pero lo hacemos por amor.

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