Gafas

Carmen García Serrano

Cambiar Huesca

Érase una vez una princesita a la que su padre quería casar y ella, muy digna, exigió que, en caso de casarse, tan solo lo haría con aquél que le hiciera el regalo más precioso que jamás se hubiera visto. Por allí desfilaron hombres con grandes riquezas y regalos inimaginables pero a ella, nadie le gustaba. Hasta que se acercó un gran hombre que le ofreció unas gafas y entonces … ¡oh! … ¡no podía creerlo! De repente empezó a ver todo lo que tenía alrededor.

La princesita era miope y no podía apreciar lo que le rodeaba.

Yo no soy una princesita y mi padre jamás se hubiera atrevido a expresar el deseo de casarme, pero las gafas las llevo puestas hace mucho tiempo y es mi deseo distribuirlas a diestro y siniestro. Porque sólo con ellas visibilizaremos la brecha salarial que existe entre hombre y mujeres, la cantidad de horas de más que debemos trabajar para cobrar lo mismo, la implacable crisis que se ceba en nuestro precario trabajo a tiempo parcial en las que somos líderes. Todo ello sin olvidar la esclavitud a la que nos somete esta sociedad que nos exige un doble papel: por una parte, el de madre amantísima, esposa abnegada, mujer orquesta experta en labores del hogar y por otra, el de mujer sexy, estupenda siempre, dispuesta a gustar a todo macho propio o ajeno.

Como dice Fatema Mernissi “qué espanto sería si a los fundamentalistas les diera por imponer no solo el velo, sino también la talla 38” (Y añado yo, a nosotras la talla 38 con el velo).

Por esta y otras muchas otras razones, quisiera que esas gafas se repartan masivamente entre hombres y mujeres: las gafas de la educación por la igualdad de derechos. Porque sin igualdad no puede haber libertad y sin libertad no hay futuro.

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