El Amor preferente a los pobres, fundamentos de Cáritas

Cáritas Diocesana de Huesca es el organismo oficial de la Diócesis que asume la misión de hacer efectivo el amor preferente de la comunidad cristiana por los más necesitados, desempeñando la acción socio-caritativa de la comunidad diocesana, sin perjuicio de otras iniciativas religiosas, para dar cumplimiento al mandato de Jesús de amarnos los unos a los otros. Y el amor es siempre especialmente sensible hacia el amado que ve caído, doliente y desdichado; se conmueve al verle sufrir y se vuelca en socorrerle. Por eso el amor siente especial predilección por los pobres. Jesús se identificó plenamente con ellos.

Sin embargo, la atención a los pobres exige hoy en día unos planteamientos que no pueden ser asumidos por un amor individual, por muy grande que sea. La caridad no puede hacerse en la actualidad repartiendo indiscriminadamente limosnas entre los que la piden, porque hace crónica la situación del pobre, incapaz de valerse por sí mismo y acomodado a la pasividad de la indolencia. El auténtico amor a los pobres obliga a reforzar su dignidad ayudándoles para que puedan salir de la pobreza, lo que conduce a tener que analizar las causas que la han producido en cada caso, para atajar las causas, en vez de remediar sus efectos. Las causas de la pobreza pueden ser múltiples: injusticias sociales, faltas de formación o de hábitos laborales, marginación social, enfermedades, desempleo... Y para conseguir ese objetivo se requiere un trabajo organizado, en el que intervenga personal técnico y equipos especializados. Así lo entiende Cáritas Diocesana de Huesca que desarrolla su labor a través de programas que buscan ante todo la acogida, la promoción, la formación y la inserción social y laboral de las personas socialmente excluidas. Por lo tanto, hoy día el amor a los pobres no puede ejercerse de forma individualizada e inconexa, sino de manera comunitaria y organizada, encauzándola hacia Cáritas con aportaciones económicas y colaborando con ella con nuestro tiempo y trabajo como voluntarios.

El amor a los pobres obliga además a tomar como propios los agravios que sufren, denunciando las injusticias sociales o proponiendo medidas políticas para erradicar la pobreza, pero no exige en absoluto nuestra implicación en la lucha social o política, que sólo pretende modificar las estructuras de poder o cambiar, desde el poder, las normas que rigen la sociedad, pero no el perfeccionamiento espiritual de las personas, que seguirán siendo egocéntricas, y el mundo, por tanto, por mucho que cambien las estructuras de poder o se mejoren las normas jurídicas, continuará siendo injusto. Solamente convirtiendo a las personas en el amor, podrá forjarse entre todos un mundo mejor.

Por eso el amor por los pobres no se obsesiona por su inoperancia para afrontar todos los problemas que plantean la pobreza y la desigualdad entre los hombres, porque su objetivo no es resolver una cuestión social ni política, sino afrontar la necesidad concreta de una persona a la que se ama, como forma de expresión y manifestación del amor divino y perfección espiritual del que ama. Es simplemente expresar con nuestro amor que el amor de Dios está aquí con nosotros, para que ese amor se expanda a todos. La trasformación social podrá ser una consecuencia si el fuego del amor divino llega a propagarse a toda la sociedad. Jesucristo no fue un líder social ni político ni pretendía la reforma social, a pesar de que en su tiempo existían tantas o más injusticias que en el nuestro. Él sólo se ocupaba de las personas haciéndoles el bien y predicando el amor entre todos, para que fueran perfectos como lo es su Padre celestial, única forma de cambiar el mundo. No podemos acrecentar nuestra perfección espiritual sin contar con los pobres; seguiremos siendo unos egoístas, si los ignoramos.

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