Votar en blanco

Diego Guallart Gil. Escaños en Blanco

El blanco es el color de la pureza. No se puede obtener mezclando el resto de los colores, pero tiene cabida con el resto, dando más luz si se mezcla y quizás una nueva perspectiva, la claridad. El desencanto que tenemos en España con los diferentes colores políticos, me abruma. Desde hace unos años decidí que nadie merecía mi apoyo, aun a pesar del amplio espectro político existente. No se trataba de prejuzgar que programa electoral se podía ajustar a mis pretensiones o cual era más real, sino en que medida podía manifestar esa opinión en las urnas. Con un voto nulo, no, salvo que redactase un manifiesto que terminaría en una destructora de papel.

Abstenerme, sería un pensamiento conformista con el resultado final. Con el voto en blanco tenía esa posibilidad, dar un toque de atención al menos a nivel de urna, y mostrar en el recuento que no confiaba en nadie. Para terminar de abrir los ojos, en las elecciones del 14M estuve en una mesa electoral como presidente. Durante la jornada los representantes de los partidos en la mesa, se enfrentaban por discernir quien era el culpable de lo sucedido días antes, las personas quedaban de lado. En el cómputo la guerra era eliminar los votos que podían tener algún indicio de nulidad, más si no era para el interés del que con más ahínco interpelaba. Con esos antecedentes, ninguno se iba a llevar mi apoyo.

Mi voto al igual que algún otro, fueron tachados como “los indecisos”. Nada más lejos de la realidad, el blanco es el color de la luz, del cambio, aunque en el reparto de escaños, en mi ignorancia y pesar era el de la rendición, favoreciendo a los más votados. En un sobre vacio caben todos los colores, porque no siempre el color, el ideario de cada grupo es exactamente el nuestro, y no es cuestión de votar al menos malo, sino a quien no te vaya a decepcionar, sino votas a nadie, nadie te puede decepcionar ni te responsabiliza de nada. Pero no es tan idílico, el voto en blanco es un dato estadístico, al que no se da un puesto en los órganos de representación.

Si todos los votantes que introducen una papeleta opinan, ¿por qué al que no lo hace se le censura? Si el voto en blanco fuera del 51 por ciento del escrutinio, bajo que legitimidad nos gobernarían. En breve, los que no nos sentimos representados, los descontentos, los que se abstienen, y todos aquellos que sienten algún recelo hacia sus colores, expresaremos si queremos jugar en el balancín de esa democracia, en la que siempre juegan los mismos, o hacer la cola y si llega nuestro turno, abandonar el juego, dejar nuestro puesto vacio, para que cambien las reglas. Podemos votar en blanco, o votar a nadie, pero con nombre y apellidos, los de los que no tomaran posesión, dejando su escaño en blanco, renunciando con ello a todo emolumento, pero no a su color, el blanco de la crítica, el cambio, el resurgir y la pureza.

Comentarios