Rodrigo y Marica, los amantes de Graus

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El ciclo festivo, del Altoaragón, nos deja, en el mes de febrero, además de Santa Águeda, una fiesta, que, en nuestro país, comenzó a celebrarse a mediado del siglo pasado, con el objetivo, principalmente, de incentivar la compra de regalos. Es el día de San Valentín, el 14 de febrero, también conocido como “el día de los enamorados” o “el día del amor y de la amistad”. Si hacemos un ejercicio de memoria, seguro, que sin mucho esfuerzo, somos capaces de nombrar varias parejas de enamorados del mundo del cine, de la historia, de la literatura,….algunos tan universales como Romeo y Julieta, Calixto y Melibea, otros más cercanos como Diego de Marcilla e Isabel de Segura, los amantes de Teruel. También en el Altoaragón encontramos amantes desafortunados como los de Albelda o Los amantes de Graus.

De la leyenda de los amantes grausinos circulan varias versiones, una de ellas, atribuye el romance a Rodrigo Mur, conde de Lapenilla, y otra, a su hijo, otras la ambientan en la época de Las Cruzadas e incluso, en algunas, el romance concluye, felizmente.

Rafael Andolz, en su libro Leyendas del Pirineo para niños y adultos, atribuye el romance a Rodrigo Mur, hijo, al que su padre quería casar con Margarita de Solano, heredera de una de las más sólidas fortunas grausinas, y dueña de una belleza deslumbrante.

Pero, el corazón de Rodrigo, al parecer, pertenecía a otra joven, Marieta o Marica, amor, que supuso fuerte tirantez, entre padre e hijo, aunque, finalmente, el amor se sobrepuso a una ancestral tradición de casamientos entre nobles, fijándose para un día de junio del año 1525 los desposorios.

Cuenta, Rafael Andolz, que, ese día, en Graus, la expectación debía ser enorme, y también la disparidad de opiniones, unos aplaudiendo el amor y la libertad, y otros, pensando en el amor a la tradición.

Todo Graus se apelotonaba, ese día, a las puertas de la casa solariega del noble, para no perderse ni un sólo detalle. Cuenta Andolz que cuanto todos los comensales estaban reunidos, para comenzar el yantar, Rodrigo se acercó a una esquina, de la estancia, tiró de un cordoncillo y descubrió una inscripción. En letras talladas y entrelazadas, todos pudieron leer: “Rodrigo ama a Marica”.

Señala Rafael Andolz, en ese relato, que poco más se sabe de ellos y de su descendencia, y cuenta que, con el paso del tiempo, los nuevos propietarios, de esa casa solariegas de los Mur, quisieron hacer constar besa leyenda, grabada en piedra, y dos de las inscripciones, pasaron, del comedor, a la fachada, donde hoy turistas y grausinos, pueden, conocer y recordar, la leyenda de los amantes de Graus.

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