Sara Miriam Orozco, nueva monja para el Convento de Santa Clara

La Iglesia del Convento de Santa Clara de Huesca acogía este lunes, la profesión solemne de sor Sara Miriam Orozco Martins, un acto que no se celebraba en este mismo lugar desde hace 42 años. La ceremonia, que estaba presidida por el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, tenía lugar en el interior del templo que estaba abarrotado de personas, entre familiares de la homenajeada, venidos de Portugal, amigos y fieles oscenses que querían compartir con ella la ilusión y alegría de este día. También estaba acompañada por sus hermanas de la comunidad, por el delegado de la Vida Consagrada, Rafael Samper, por el vicario general, Nicolás López, y por otros sacerdotes de la diócesis y seminaristas.

La celebración contaba con las partes propias de la Eucaristía, lecturas y Evangelio, seguidas de las peticiones en las que sor Sara Miriam aceptaba “ser admitida en la Profesión solemne en esta familia de Hermanas Pobres de Santa Clara”. Jesús Sanz realizaba una extensa homilía en la que, entre otros puntos, se refería al Año de la Misericordia y recordaba las obras de misericordia y los compromisos que tienen las personas religiosas, en este caso de vida contemplativa. Además dedicaba unas palabras a los familiares de sor Sara Miriam en portugués y mencionaba en varias ocasiones a santa Clara.

Tras el interrogatorio, se tumbaba en el suelo para proceder a la oración litánica, que cantaba una de las hermanas de su comunidad. Posteriormente, la profesa, frente a la abadesa, realizaba los votos de “vivir todo el tiempo de mi vida, en obediencia, pobreza, castidad y clausura según la Regla de las Hermanas Pobres de Santa Clara”, los cuales firmaba sobre el Altar una vez leído públicamente. Al concluir la bendición solemne la abadesa introducía el anillo bendecido en el dedo de la neo-profesa, recibía la admisión a la orden, por parte de la abadesa y abrazaba a cada una de sus hermanas de la comunidad y a su familia. La Eucaristía concluía con la ofrenda del pan y el vino, el santo, la comunión y el canto final a la virgen.

Al final las hermanas invitaban a un picoteo preparado por ellas, que se servía en uno de sus patios exteriores, donde además, como hecho excepcional (ya que son monjas de clausura) a causa de las obras que se están realizando en el convento, podían compartir este tiempo directamente con los asistentes. En ese momento, la homenajeada aprovechaba para repartir a los presente un recordatorio con las palabras que, según ella misma explicaba, han guiado su vida: “Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor”.

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